enero 09, 2022

Qué es la historia cultural? Notas de método.

 

“La historia cultural … considera al individuo, no en la libertad supuesta

de su yo propio y separado, sino en su inscripción en el seno de las

dependencias recíprocas que constituyen las configuraciones sociales

a las que él pertenece. Por otra parte, la historia cultural coloca en lugar

central la cuestión de la articulación de las obras, representaciones

y prácticas con las divisiones del mundo social que, a la vez, son

incorporadas y producidas por los pensamientos y las conductas”.

Roger Chartier, El mundo como representación, historia cultural: entre práctica

y representación, Barcelona, Gedisa Editorial, 1996, (Colección Historia,

hombre y sociedad), p. X.

 

El conjunto de valores, tradiciones, costumbres, símbolos, signos, patrimonios y prácticas que se establecen en las relaciones sociales, en el tiempo y en el espacio, determinan la identidad histórica de los fenómenos y procesos que el historiador investiga a partir de la visión de la integralidad y la totalidad. Por esto se puede hablar de una transición de la historia social a la historia cultural, en boga en estas últimas décadas en el debate metodológico de la ciencia de la historia.

Esta sentencia de la historiografía contemporánea conlleva a un proceso epistémico, que permite pasar del umbral de la historia social a la historia cultural, abriendo un abanico importante de objetos de estudio y análisis de la realidad histórica que estudia el historiador. Según el posmodernismo, los valores, tradiciones, representaciones y prácticas culturales emergen como una “superestructura” que domina en todos los campos y estructuras del mundo social y, por ende, en la historicidad de la realidad, mediante su conjunción en la identidad sociohistórica, que se expresa en el espacio y el tiempo de las relaciones sociales. En  últimas fechas se han incorporado los enfoques vinculados con los lazos patrimoniales, ecológicos y ambientales como factores interrelacionados siempre con la historia cultural.

La diversidad y complejidad de la realidad histórica proviene de la dinámica que existe en el conjunto de las relaciones sociales, lo que permite visualizar una serie de vinculaciones e interrelaciones entre las estructuras y coyunturas, pero también de los acontecimientos, en un determinado espacio. Así, la economía, la política, la sociedad, la cultura, el ambiente y el territorio, se ligan entre sí para la construcción de una totalidad específica y concreta, que conforma, indiscutiblemente, a la historia síntesis, a la historia total, pero también a la historia social.

La multidisciplinariedad del conocimiento histórico ha sido un hecho fundamental de los avances de la ciencia histórica durante el siglo XX. El conocimiento de la historia social no sería posible sin esa vocación de la disciplina, porque su campo de acción y de conocimiento le permite nutrirse del conjunto de las ciencias sociales y humanas, para avanzar en el análisis, comprensión e interpretación del pasado y del presente. Esta cuestión le ha permitido, en las últimas décadas, poder transitar de la historia social a la historia cultural, encontrando nuevas aristas de conocimiento problemático y complejo en el campo de la historiografía.

La concepción de la totalidad concreta, por parte del historiador, como sujeto de investigación, lleva a un proceso epistemológico que condiciona y determina la construcción del objeto de estudio, independientemente de los niveles micro y macro que el universo social tiene, y que el historiador se encarga de tejer mediante la investigación y el análisis. Por esto, la multidisciplinariedad se impone dentro de la ciencia histórica, dando sentido a los postulados de la historia social, pero también, más recientemente, a lo que se ha dado en llamar historia cultural.

Si la historia social nace de la totalidad del conocimiento del pasado del hombre en sociedad, la historia cultural surge a partir del conocimiento de la identidad sociohistórica, que se encuentra en el conjunto de estructuras y coyunturas que esos hombres del pasado dejaron como huella indeleble del acontecer, por medio de su expresión en el campo de las relaciones sociales. Un autor francés, como Alain Croix, estableció que “La historia cultural es también el arte de manejar la dialéctica: un manejo delicado que debe ser sutil. La aplicación sin duda más evidente es la de la relación entre distintos medios sociales … entre lo cultural y las otras realidades económicas, sociales, políticas… al menos con la preocupación de articular lo menos mal posible la cultura en su contexto”.

El problema epistemológico entre ambas tendencias del conocimiento histórico se encuentra en desentrañar el papel que tienen los valores, símbolos, representaciones y prácticas culturales que conforman la identidad de las relaciones sociales, y que, a simple vista, no se expresan o separan. Es el historiador el sujeto que desentraña e interpreta esos procesos, que tienen un papel indiscutible en la expresión de la identidad sociohistórica de los fenómenos y hechos del pasado. La habilidad del historiador hace que el conjunto de fenómenos o expresiones se liguen entre sí a partir de las fuentes que dan sustento a la identidad histórica de un determinado espacio.

¿Cuál es el objeto de la historia cultural? La diversidad y complejidad de la realidad sociohistórica sólo puede entenderse a partir de los símbolos, signos, valores, tradiciones, representaciones y prácticas que los hombres del pasado expresaron mediante sus acciones, en las mismas relaciones sociales que quedaron y plasmaron en el tiempo y el espacio. Esto implica encontrar los rasgos de la identidad histórica que los actores, los grupos, las clases, los “hombres de carne y hueso”, dejaron en la especificidad de la realidad, sea ésta económica, política, social, cultural o territorial o incluso ambiental.

A simple vista, este objeto no se visualiza, pero está presente siempre como una constante que marca el ritmo de la expresión histórica de la realidad social. La identidad es una variante que condiciona el comportamiento de los hombres en el conjunto social y, por ende, se encuentra constantemente en todos sus actos, marcando a las estructuras y coyunturas, pero también a los acontecimientos, mediante un conjunto de símbolos, signos, valores, prácticas, tradiciones y representaciones a los que el historiador debe de ser sensible e interpretar para construir el conocimiento específico del pasado.

La historia cultural es también una historia total, de síntesis, social, que emerge a partir de una globalidad e integralidad que se conjuga en el orden de los rasgos que identifican y expresan las relaciones sociales que el hombre establece en el tiempo y en el espacio. Es una historia compleja y diversa, tal y como la realidad histórica se presenta a las miradas, observaciones y visitas del historiador. Las huellas de las prácticas y representaciones culturales se  encuentran en todas las estructuras, coyunturas y acontecimientos del pasado, y que forjaron, indudablemente, las características de una identidad sociohistórica que pervive en el presente mediante un conjunto de signos, símbolos y valores o tradiciones o dominios o entornos. Es aquí donde el juego entre el pasado y el presente brinda el objeto fundamental del conocimiento histórico.

La historia cultural no es la historia de las mentalidades, el folklore, las costumbres, las tradiciones machaconas y la vida cotidiana, porque su estatus va más allá, el campo de las representaciones y prácticas que construyen a la identidad sociohistórica, es decir, a los rasgos que definen y expresan los procesos y fenómenos del pasado del hombre en sociedad. Los signos, símbolos y valores de los actores históricos se dan en todas las estructuras de las relaciones sociales, brindando sentido a la identidad que los hombres establecen en las distintas esferas donde se relacionan y actúan. El mosaico de objetos de estudio es amplio, como lo consideró el historiador George Duby: “Al parecer, un gran campo de la historia cultural debe ocuparse del estudio de los fenómenos de recepción. Reconstruir la herencia que cada generación recoge del pasado, los poemas o los cantos que escucha, los libros que lee, las obras de arte que admira, los espectáculos que llaman su atención, los ritos que respeta; no basta con los autores que venera; todavía hay que desmontar los mecanismos de su sistema de educación, introducirse en sus diversos órganos de iniciación, la familia, la escuela, el foro, el cuartel, el equipo de trabajo, la asamblea comunal, la cofradía, el sindicato, medir la eficiencia de los medios de difusión masiva que fueron, por ejemplo, la predicación, el teatro, la arenga, la prensa o la literatura que se vendía de puerta en puerta; finalmente, analizaron el cuidado o el contenido que comunican esos diversos instrumentos pedagógicos… Resulta fácil darse cuenta de que la cultura nunca es recibida de manera uniforme por el conjunto de una sociedad, que ésta última se descompone en distintos medios culturales, a veces antagonistas y que la transmisión de la herencia cultural está gobernada por la disposición de las relaciones sociales”. (“Historia cultural”, en Jean-Pierre Rioux y Jean-Francois Sirinelli (directores), Para una historia cultural, México, Taurus, 1998, p. 451).

El conocimiento histórico debe ser sensible al campo de las representaciones y prácticas que identifican a las relaciones sociales. Le dan sentido a la historia, sobre todo, a partir de la expresión de los actores históricos, como entes y agentes que hacen la historia, valga la redundancia, porque los signos, símbolos, tradiciones, dominios y valores, plenamente culturales, condicionan la evolución de las estructuras, coyunturas y acontecimientos.

La historia de las mentalidades y de la vida cotidiana, la historia de la religiosidad o de la sexualidad, la historia intelectual, de la educación o de la literatura y el arte, que encontraron un auge historiográfico a finales del siglo XX, junto con el resurgimiento de la historia narrativa o la historia política y la biografía, tendencias dentro del campo de la historia de la cultura; han favorecido la preocupación creciente por el estudio, a partir de la totalidad y la identidad, del conjunto de prácticas y representaciones que, por medio de símbolos, valores y signos, se expresaron en el mundo complejo y diverso de las relaciones sociales del pasado, penetrando a un mundo amplio y dinámico, que se encuentra concentrado en la expresión de los hombres que hacen la historia. Ha pasado lo mismo con los dominios patrimoniales o las tradiciones arraigadas, que ahora se ligan con expresiones de espectáculos o de festivales que, en la mayoría de los casos, no provienen de una reflexión o análisis profundos de la historia de donde vienen, muchos confundidos con tradiciones orales o institucionales sin mucho sentido.

La cultura material, la cultura política, la cultura religiosa o educativa, la sociocultura, la cultura patrimonial o ambiental y las identidades colectivas, emergieron como campos estructurales que condicionan el curso de la historia social. Por ende, las esferas de las representaciones y prácticas se encuentran en la especificidad de la expresión histórica del pasado, por medio de los símbolos, valores, tradiciones y signos que los mismos hombres han expresado y manifestado en su acción histórica, permitiendo el conocimiento y la interpretación de procesos y fenómenos no visibles a simple vista, pero que influyen determinantemente en las características de las acciones de los hombres del pasado, así como en el cariz que adquieren los acontecimientos, las coyunturas y las estructuras en la expresión de la historia urbana, comunitaria, local, regional, nacional o mundial. La cultura parece estancarse en el nivel de lo microhistórico, sin vinculaciones o interrelaciones de otros niveles del entorno.

El problema central que desentraña la historia cultural es la función que cumple la identidad colectiva en todos los campos del acontecer humano del pasado. Este problema, sin duda, está revolucionando a la historiografía actual. Igualmente, está permitiendo que el conocimiento histórico amplíe su esfera multidisciplinaria en el conjunto de las ciencias sociales y las humanidades, creando nuevos enfoques y objetos para el conocimiento y la interpretación historiográficas. La diversidad de temas y objetos de estudio es una constante a partir de los nuevos postulados de la historia cultural, que están influyendo determinantemente en el cuerpo metodológico de la ciencia histórica en el siglo XXI.

El tránsito de la historia antropológica y la sociología histórica, a la historia cultural, por medio de lo que se denominó como historia social, abrió un abanico de posibilidades para el conocimiento de la identidad, como un factor que confluye en la acción histórica de los hombres del pasado y, por ende, en la configuración de prácticas y representaciones que penetran en el curso de los acontecimientos, las estructuras y las coyunturas, por medio de símbolos, tradiciones, valores y signos que el historiador debe encontrar, visualizar e interrelacionar para dar un sentido a la expresión histórica de la totalidad. Las vinculaciones son imprescindibles en la hechura de productos culturales en las publicaciones, museos y centros de investigación y divulgación cultural.

Los planteamientos de la histórica cultural conllevan, necesariamente, a la especificidad de la dinámica de la acción social, buscando explicaciones e interpretaciones novedosas y originales en torno a los múltiples comportamientos y prácticas de los hombres en sociedad, que definen y dan sentido al curso de la historia. El desentrañamiento de las identidades colectivas, por medio de las prácticas y las representaciones, se encuentra en el conjunto de estructuras históricas que los hombres establecen en sus relaciones sociales, y que condicionan a los procesos históricos que dan coherencia al curso y evolución de la historia de un periodo o un espacio determinados. La interacción con el entorno territorial o ambiental, también es una característica indiscutible, que debe confluir en las instituciones y espacios culturales con mayor énfasis.

Los símbolos, tradiciones, valores y signos configuran la expresión de los acontecimientos, y quedan plasmados en los amplios campos de la representación y las prácticas, que construyen, a su vez, a la identidad histórica y en la totalidad de los fenómenos y procesos hechos por el hombre en las relaciones sociales del pasado, pero que en mucho tienen que ver con nuestro presente.

El paradigma abre amplias aristas para el conocimiento profundo del acontecer pasado, considerando a la sociedad como un entre dinámico, complejo y caótico que sólo encuentra sentido a partir de la expresión de las identidades colectivas y la memoria histórica. La confluencia es susceptible de ser investigada y analizada por los historiadores, recreando el campo de representaciones y prácticas que dan sentido a la identidad, como un objeto principal de la historia cultural.

La acción sociohistórica se encuentra en el conjunto de estructuras y coyunturas, tanto en el tiempo corto como en el de larga duración. El comportamiento individual y social confluye con el campo de la acción que realizan los actores históricos, tanto colectivos como individuales.

Los símbolos, tradiciones, valores y signos, incluso hasta la fuente del dominio patrimonial o el ambiente, de los hombres concurren en las características que asume la identidad, como una estructura cuyos rasgos se manifiestan a partir de la acción, que es la confluencia donde el comportamiento de las prácticas y representaciones adquiere sentido en la historia. La identidad colectiva del pasado se constituye entonces por la acción, la totalidad y la identidad, principios metodológicos que conllevan, necesariamente, a los postulados de la historia cultural, que se encuentran en todos los ámbitos del quehacer humano en la historia. Ningún proceso histórico podría entenderse sin esa triada epistemológica, que coincide con la realidad del pasado de las relaciones sociales, objeto principal de la ciencia histórica.

La forma de ser, el comportamiento, las costumbres o tradiciones, el ambiente, el patrimonio, la vida cotidiana y la mentalidad conforman un campo de expresión cultural que proviene de la acción individual y social. Los rasgos de las representaciones y prácticas se comparten con la acción, influyendo determinantemente en los acontecimientos, procesos, estructuras y coyunturas que en el tiempo y el espacio se expresan por la misma complejidad de las relaciones sociales. Por esto, la identidad colectiva emerge como un centro de atención fundamental para el conocimiento de las vinculaciones e interrelaciones que los hombres instauran en sus relaciones sociales y que, por medio de la acción, hacen evolucionar a la historia.

La economía, la sociedad, la política, la cultura y el territorio y el entorno ambiental se comparten a partir de la identidad sociocultural, y el historiador tiene que ser sensible a esta complejidad para lograr interpretaciones novedosas que den cuenta de la historia del pasado, y permitan entender el presente, en un ir y venir donde el sujeto que investiga logra cierta identificación con los hombres del pasado, fundamental para la interpretación de la especificidad histórica. Es aquí también donde las interrelaciones multidisciplinarias de la ciencia de la historia tienen que instrumentarse, abriendo el abanico metodológico que da sentido a los postulados de la historia cultural.

Los pensamientos, comportamientos, conductas, prácticas cotidianas, sentires, valores y expresiones de la sociedad, religiosas o no, tienen una interrelación constante en el conjunto de esferas de las relaciones sociales. Quedan plasmadas en las fuentes, en las obras, el patrimonio, los acontecimientos, que el hombre deja como huellas de su acción. Las vinculaciones instituyen, sin duda, el campo de la identidad sociocultural, que se encuentra en el juego de estructuras que componen la historia. La historia regional o la urbana tienen mucho que decir al respecto en la historiografía contemporánea.

Sólo por medio de esos elementos, el historiador puede recrear un conjunto de objetos, novedosos y originales, que dan cuenta de las prácticas y representaciones de los hombres del pasado, en épocas y espacios disímiles entre sí, pero que son parte de una historia cultural cuyo estatus paradigmático permite ampliar el objeto de la historia. Los niveles micro aportan importantes informaciones al respecto.

En este sentido, se podrá avanzar más en el entendimiento de la identidad, la “forma de ser”, que se manifiesta en las sociedades, tanto en el espacio micro como en el macro, conectada al espacio desde el cual se conecta esa manifestación, concretamente, en las principales estructuras del acontecimiento del pasado.

La historia total sólo puede construirse a partir del eje problemático que establece la acción, la identidad y la totalidad que, a su vez, se encuentran confluyendo en las prácticas y representaciones de la sociedad, y que conforman los principios fundamentales de la historia cultural, como un novedoso paradigma al que debe centrarse el quehacer de la historiografía contemporánea, cuyo punto central es encontrar la historicidad de la identidad colectiva en los distintos niveles, complejos, sin duda, de las relaciones sociales. Los símbolos, valores y signos son elementos que dan sentido a la identidad, que la mimetizan en la acción social y, obviamente, en el curso de la expresión de las prácticas y representaciones que conforman al campo de la historicidad.

El objeto de la historia cultural, entonces, pertenece a la diversidad, complejidad y amplitud de las relaciones sociales del pasado, cuya expresión es la identidad colectiva que se va conformando hasta el presente. Pasado y presente se complementan a partir de las miradas, observaciones y análisis del historiador, que en realidad entra en relación con los actores del pasado, quienes lograron dejar huella de la expresión de prácticas y representaciones que conformaron los signos, símbolos, valores, tradiciones de la identidad colectiva y, por ende, que quedaron plasmados dentro de la historicidad.

La acción histórica en mucho depende de los rasgos de la identidad, por lo que se construye un campo de historicidad que sólo puede explicarse y entenderse a partir de los elementos constituyentes de la historia cultural. A partir de esto, la historia total no pierde sentido y, mucho menos, el estatus de la historia social, como historia síntesis, como historia problema, como historia global.

La renovación historiográfica actual en mucho debe a la emergencia de los postulados de la historia cultural. Ello ha ampliado el campo diverso de los objetos de estudio de la ciencia histórica a nivel mundial, sobre todo en Europa y Estados Unidos, últimamente en América Latina. La preocupación central es conjuntar el mundo fragmentario de la historiografía y reagruparlo. A partir, precisamente, de los principios paradigmáticos de la acción, la identidad y la totalidad de las representaciones y prácticas sociales, que construyen y expresan a la historia, con novedosas y originales fuentes, pero también, con andamiajes metodológicos más amplios, que sirven para la aportación de nuevos enfoques historiográficos y, por supuesto, nuevos conocimientos e interpretaciones que centran su atención en la especificidad de la totalidad histórica. Está explicada en función de lo no visible a simple vista, pero que juega un papel primordial en la historicidad de la identidad colectiva, sin desligarse de las relaciones sociales expresadas en el tiempo y el espacio. La llamada “nueva historia” centra sus historias en torno a estos postulados.

La frontera entre historia social e historia cultural se encuentra en la incorporación, en esta última, del mundo de la representación en las prácticas sociales, mediante la incorporación de los símbolos, los signos y los valores, las tradiciones y el dominio patrimonial, incluso, como partes constituyentes de la identidad que se mimetiza en el campo de las relaciones sociales, prácticamente, en todas las estructuras de la historicidad. Entender la “forma de ser” de los hombres del pasado es un objetivo de estas premisas, sólo posible mediante la relación que establece el sujeto que investiga con la construcción de su objeto, es decir, la relación del historiador con la interpretación y análisis de sus fuentes favorecerá avanzar en tan delicados objetivos. El camino es arduo, pero provechoso sobre todo en los amplios campos que explotan la historia local y regional, la historia urbana y la microhistoria.

El mundo social debe explicarse a partir de los rasgos que asume la identidad, en determinados niveles y estructuras de la temporalidad y el espacio. Esto implica que la categoría de totalidad debe permanecer como parte de la constante epistemológica del historiador, entendiendo, a través de sus investigaciones, la diversidad y la complejidad, pero logrando entonces la especificidad de la totalidad concreta de las relaciones sociales en el tiempo y el espacio, independientemente del proceso o fenómeno que se investiga, pues los símbolos, valores y signos se encuentran en todo el espectro de la acción social, mediante las vinculaciones e interrelaciones que el historiador tiene que encontrar, para interpretar cuestiones novedosas, o relacionadas con su presente, para el conocimiento del pasado desde otra observación y comprensión.

La historia cultural es un paradigma que permite traspasar el nivel de las propuestas de la historia de las mentalidades y la vida cotidiana, de la historia narrativa y de la historia intelectual, que centraban su atención en ciertas y particulares expresiones del campo de la identidad sociohistórica. Igualmente, el paradigma amplía el espectro de objetos de estudio de la ciencia histórica, permitiendo retornar a ciertos campos, como la biografía, la historia política, la historia de los movimientos sociales, la historia del mundo material, dentro del espectro super estructural del mundo de las representaciones y las prácticas, como parte constituyente de la identidad y la acción históricas que dan sentido al conocimiento del pasado, y que, se identifican, indiscutiblemente, con la identidad del presente histórico.

En cuanto a la historia de la cultura, ésta se incorpora como una estructura más de la historia cultural, que es más total y super estructural. Las costumbres, el folklore, la literatura, el arte y la estética pertenecen al campo de expresión de una cultura que es fiel reflejo del campo de las relaciones sociales que está mediado por la identidad colectiva, y que se expresa a partir de la historicidad del tiempo y el espacio. Los fenómenos culturales son parte de la socioidentidad, que establece una superestructura donde las prácticas y las representaciones abarca a una totalidad que define y da sentido a la historicidad. La historia de la cultura no está reñida con la historia cultural.

 

 

 

 

enero 05, 2022

Crisis historiográfica en México

 

La historiografía mexicana, luego del boom de la historia regional entre los decenios de los ochenta y los noventa del siglo XX, después de la época gloriosa de la fragmentación temática entre la historia social y económica, pero también cultural, de los noventa; ha venido experimentando una gran crisis en el mundo de la academia.

La historiografía académica decantó en cerros y cerros de libros y revistas producidos en las universidades y centros de estudios, pero también en ciertas editoriales, con sesudos hallazgos de investigación y análisis e interpretaciones. Páginas y páginas publicadas sobre temas y temas, problemas de investigación dicen. Bodegas y librerías llenas de ejemplares editados, que no causan mayor interés más que a los especialistas y que no se venden. Historiadores orgullosos, muchos de ellos tesistas de licenciatura o maestrías y doctorados, investigadores adscritos que publican sus libros y artículos para hacer puntos en los estímulos y en el Sistema Nacional de Investigadores. La historiografía mexicana se incrementó considerablemente en los últimos 25 años. Un auge sin precedentes. Pero, por desgracia, toda esa producción no vende, no se lee. Sólo los especialistas se leen entre ellos, una minoría.

Las aportaciones historiográficas decantaron en un amontonadero de datos, fechas, personajes, acontecimientos, fuentes, localidades, espacios, periodos y, lo peor, en conceptos y conceptos, descripciones de las descripciones. Imposible continuar con una línea de lecturas o de análisis historiográficos ante un cúmulo alucinante de conocimientos históricos, ya sea sobre el periodo prehispánico, o acerca de los trescientos años de la Colonia, el siglo XIX, la revolución mexicana o la posrevolución y el periodo contemporáneo. Ya ni se diga acerca de efemérides de las efemérides. La historia local y regional y nacional o también diplomática se vieron estimuladas por la gran productividad de los historiadores académicos.

No hay estado de la república que no cuente con aportaciones historiográficas provenientes del mundo académico. La fragmentación de temas es multiheterogénea y muy diversa y plural. Las ramas de la historia económica, social, política, cultural y territorial se han visto beneficiadas por la investigación constante, adicionada por la celebración de congresos, conferencias, reuniones, intercambios indispensables para divulgar el conocimiento y las interpretaciones emprendidas. Toda esta producción, sin embargo, está guardada en bodegas, bibliotecas y librerías.

Las celebraciones sobre los doscientos años de la independencia nacional y los cien años de la Revolución mexicana, antes, durante y después del año 2010, estimularon una producción abundante en los estados de la república, muchas veces concentrada en el rescate de fuentes y testimonios y muy poco en producción novedosa o de impacto en el público. Abundaron obras colectivas coordinadas por historiadores destacados, que quisieron englobar o brindar muestras de las historias de esos periodos en los estados de la república. Los académicos le tuvieron que entrar a la divulgación en Internet, Televisión y Radio, porque en sus espacios brilló por su ausencia el gran público y, aún así, mucha de esa producción de difusión mostró lo aburridos que somos los historiadores al exponer nuestros productos historiográficos, la mayoría brindamos datos, fechas, nombres, personajes, conceptos, periodos y curiosidades descriptivas, porque las exposiciones las centramos en guiones que leemos y no platicamos. Ya no se diga en las reuniones académicas, con nula o escasa asistencia del público.

La producción historiográfica académica no causa mayor interés en el gran público, es aburrida, sosa, pesada, descriptiva al más no poder, con enredos conceptuales algunas veces. No se cuenta bonito, no se expone entretenido, el discurso es hasta antipático y cretino o leidito, con infinidad de fuentes y citas pesadas de leer, donde se parafrasea a testimonios o a otros historiadores, con citas textuales inmensas o recuento de papeles. La narrativa accesible no se les da a los historiadores académicos por nada. Montones de libros en la bodega, que no se venden, revistas gordísimas atiborradas de letras con muchas páginas. Las exposiciones orales, por regla general, son leídas o basándose en una pantalla con información que se lee desde un pódium o estrado o una mesa. Leen currículum con toda la trayectoria de los conferencistas, que aburre al público, que no viene al caso.

Los historiadores académicos aburren, se leen y exponen entre ellos mismos. Hablan de hallazgos y elucubraciones, se creen espías del pasado que informan a los lectores o al público, algunas veces hasta enjuician. No son divertidos, mucho menos narrativos. Se encuentran atrapados en el dato, en la fuente, en la cita rimbombante, en citar a otros, en ahogarse en servilismo con otros historiadores. Escriben y exponen para historiadores, no para los estudiantes, mucho menos para la gente interesada en la historia. Persisten y persisten en libros abultados, apretados de redacciones, atiborrados de citas textuales y notas al pie de página, con extensas bibliografías. Su léxico es aburrido, anquilosado, incluso si van a difundir su obra en Radio, Televisión o en medios digitales. Pocos, una minoría contada con los dedos de las manos, salen de esas características.

Lo anterior ha ocasionado que la historiografía mexicana sufra una grave crisis de identidad y de fortaleza e impacto en la sociedad. Por eso la historiografía mexicana ha sido invadida y rebasada por los divulgadores históricos, que no son historiadores profesionales, que provienen de otras disciplinas y que tienen el impacto que tienen en las publicaciones y la difusión mediante medios electrónicos de todo tipo.

La divulgación histórica ha rebasado con creces las aportaciones de los historiadores académicos, prácticamente desde finales del decenio de los ochentas del siglo XX. La producción divulgadora ha estado presente en las historias vinculadas con la independencia, la reforma, la revolución y el periodo contemporáneo. La utilización de la iconografía, la fotografía, el cine, las imágenes, los testimonios fílmicos, la historia oral, los testimonios y las fuentes primarias, adicionadas a un discurso accesible y narrativo, han dado por consecuencia un boom en la producción, enlazado a los medios electrónicos y digitales, pero también en la realización de documentales y programas de televisión, programas de radio, revistas de gran circulación con textos e imágenes, museos y repositorios de la historia. Llegar al gran público ha sido la clave principal del éxito de la divulgación histórica en México.

Grandes historiadores profesionales lo han advertido desde finales de la década de los noventas en México. La historia académica tendría que abrirse, oxigenarse, reinventarse, para sobrevivir en el siglo XXI y brindar una oferta intelectual que permita el conocimiento de la historia a los estudiantes en formación primaria, secundaria y preparatoria, lo que estimularía la rama de la enseñanza de la historia inclusiva para los maestros, pero también a ese gran público interesado en el pasado nacional, sus acontecimientos, sus personajes, sus hechos.

Los historiadores académicos acusan a los divulgadores históricos de no utilizar las fuentes y los métodos de la historiografía, sin ofrecer el punto medio en torno a la narrativa y las maneras de difundir y enseñar el conocimiento histórico. En contra posición, los divulgadores históricos acusan a los académicos de ser aburridos y concentrados en el dato o la fuente, los acusan prácticamente de positivistas antiguos, cuyas producciones no son del interés de las personas adictas a la historia o de los estudiantes de todos los niveles. Aquellos dicen que estos son unos falsificadores y que utilizan a la historia a su modo, pero sin proponer el sendero adecuado que favorezca que la gente se interese por las producciones académicas.

El debate y la polémica entre historiadores profesionales académicos y divulgadores históricos no ha llegado a ninguna meta concreta. Lo que sí puedo decir como historiador profesional es que debemos llegar a un punto medio. Los historiadores debemos formarnos en la divulgación, cómo hacerla, cómo producirla, cómo estimularla. Es la única manera en que la historiografía mexicana pudiera verse beneficiada en estos tiempos. Las producciones deben estimular la enseñanza de la historia e interesar a los consumidores.

enero 02, 2022

Del Colegio de la Purísima Concepción de Celaya a la Real Universidad Pontificia de Celaya, 1617-1795. Religión y Humanismo

 

En el mes de octubre de 1617, Pedro Núñez de la Roja estableció en su testamento que sus bienes al morir fueran para el Convento de San Francisco de la Villa de Celaya. Fray Juan López presenció el acto en su calidad de funcionario de la Provincia de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo de Michoacán. La precisión del testamento fue que esos bienes se destinaran a la constitución de un Colegio, luego de que se tramitara la licencia específica. Bernardo Márquez, escribano Real Público y de Cabildo escribió el testamento. Se designó como albacea a Gaspar de Almanza. El Colegio recibiría todos los bienes. El documento, además, dejó establecido que el Rector perpetuo del Colegio sería Fray Juan López. El señor Pedro Núñez falleció el 6 de noviembre de ese año.

El nombrado como Rector por el donante dispuso de inmediato la autorización a Roma para confirmar la fundación del Colegio. Gobernaba el Vaticano el papa Urbano VIII, quien dio la autorización en 1624, cuando Juan López ya no era funcionario de la orden que mandaba la Provincia de los Santos Apóstoles, ya que fue reemplazado por Fray Francisco Villalba. La autorización fue significativa:

 

… revolviendo en lo íntimo de nuestro entendimiento cuanto con los literarios estudios la fe se aumenta; el culto divino se extiende; la verdad se conoce; la justicia se honra y aquellas cosas por las cuales los estudios de las letras se levantan, ponemos de buena gana el cuidado de nuestro pastoral oficio conforme vemos en el Señor, que pensadas las calidades de las cosas y de los tiempos, más saludablemente conviene… Urbano Papa Octavo, en Santa María la Mayor, debajo del anillo del Pescador, a quince días del mes de octubre de mil seiscientos veinticuatro, de nuestro Pontificado año segundo, lugar cuarto del anillo del Pescador, Ovestrio Barbiano, simbólicamente instituyó y fundó el Colegio de la Purísima Concepción del Pueblo de Zelaya…[1]

 

Luego de la autorización del Papa, el documento se remitió al Rey de España que, a su vez, lo envió al Real Consejo de Indias. Dos años más de trámites para obtener la certificación que debía enviarse al Virrey de Nueva España, Marqués de Cerralbo. El Colegio empezaría a operar hasta 1627. Varios lectores del Convento de San Francisco se pusieron a trabajar con pocos chicos, vecinos españoles de la Villa, para enseñarles gramática, artes y teología. Juan López se hizo cargo de la organización y puesta en marcha.

El 28 de noviembre de 1627 falleció el albacea de la herencia que permitió establecer al Colegio. Gaspar de Almanza dejó todo bien ordenado para que al Colegio no le faltara nada, además de todo, legó sus bienes al mismo, como lo hizo el señor Núñez. Los bienes del Colegio fueron aumentando mediante los legados de más personas, como fue el caso del escribano Blasco Sánchez Vadillo o la viuda de Núñez, Ana Ortiz. Los recursos permitieron contar en algunos años con un Rector, cinco lectores y 90 estudiantes, así como para el mejoramiento de las instalaciones anexas al convento.

En 1668, el Virrey D. Sebastián de Toledo y Molina Salazar, Marqués de Mancera, concedió el título de ciudad a la entonces Villa de Celaya. Ya en esa fecha, el Colegio de la Purísima Concepción se había consolidado. La carrera sacerdotal fue semillero de personas que se fueron a otras sitios a continuar con sus estudios, o los menos se quedaron en la ciudad para ejercer su vocación. El Colegio se convirtió en un centro educativo en forma. Muchos egresados se fueron a la ciudad de México a estudiar en la Real y Pontificia Universidad, igual algunos fueron a estudiar otro tipo de carreras fuera del ámbito religioso o, incluso, oficios de la época. Según la documentación existente, cada año se registraban entre 250 y 280 estudiantes en el Colegio. Las instalaciones se encontraban entre el Convento de San Francisco y en la parte trasera del templo. 12 lectores se hacían cargo de la enseñanza para el decenio de 1670. El Colegio contaba también con otra propiedad, como lo era la hacienda de Santa María, no muy lejana de la ciudad, donde se cultivaba trigo. El convento hubo de acondicionarse para recibir estudiantes que se alojaban allí. Para inicios del siglo XVIII, el Colegio gozaba de cierta prosperidad. En 1683 se inició la construcción de mejores instalaciones junto al Convento, ya que dos aulas grandes no fueron suficientes, una dedicada a la Cátedra de Teología y otra para Filosofía, que eran las más espaciosas para tanto alumno, aunque se sabe que había otras aulas pequeñas acondicionadas que servían para otras materias con menos alumnos. El mismo Convento se amplió y mejoró con el paso de los años.[2] Un estudioso del Colegio escribió:

 

Constaba el Colegio de tres distintos departamentos, cada uno con sus propias oficinas, refectorios y cocinas: uno para los religiosos estudiantes, otro para los seglares internos con su dormitorio y el claustro para los padres lectores. Había dos generales de Filosofía, una de Teología, el lugar para la clase de Gramática, otra para la escuela, dos amplios patios, la huerta, la enfermería y su correspondiente capilla dedicada a S. Antonio, otra capilla en honor de Ntra. Señora del Pilar. El número total de celdas habitación ascendía a cincuenta y ocho y a cien el número de estudiantes que podía albergar. Los lienzos e imágenes de talla que excitaban la devoción y conservaban el recogimiento eran numerosos, solamente en los claustros del piso interior se pudieron admirar en este tiempo cuarenta lienzos de notables pintores, en el superior cuarenta y ocho, setenta pequeños de medio punto de santos de la Orden sobre las puertas de las celdas y oficinas, además de otros muchos que cubrían celdas y corredores. Los muebles de la mayoría de las celdas se reducían a un lienzo, una mesa pelada, dos sillas forradas con vaqueta encarnada, una cama de bancos y tablas. La biblioteca en un tiempo se vio enriquecida con cinco mil seiscientos volúmenes.[3]

 

A inicios del siglo XVIII, el Colegio era una joya de la educación humanística y religiosa en el Bajío, con prestigio solamente comparado con otros colegios existentes en Puebla o Querétaro. Los gastos, sin embargo, orillaron a los órganos de gobierno de la Provincia de San Pedro y San Pablo, a descentralizar enviando a estudiantes a cursos a Querétaro o a Valladolid. El Colegio funcionaba como convento, por lo que su crecimiento fue paulatino y ascendente. Un padre escribió que “Como los religiosos de esta comunidad se consideran bajo el aspecto doble: Convento y Colegio tienen sus bienes asimismo diversa procedencia. En razón de Convento están relacionados al ministerio sacerdotal, y en razón de Colegio son sus rentas dotales. Consisten los primeros en los emolumentos del Curato de San Juan de la Vega, que sirve la Provincia, y algunos réditos anuales por memorias de misas, sin otras relaciones ni objetos que la compensación de los servicios personales. Y son rentas dotales o fondos de Colegio los mismos treinta y cinco mil pesos de capitales, impuestos en las haciendas de Sta. María, Sta. Cruz, la Concepción y Jalpa, con más de tres mil veinte y cinco pesos en las de Cantera y Carrera”.[4] Las haciendas fueron fundamentales para el abasto alimenticio del Convento, donde residían estudiantes y lectores y clérigos.

Desde 1722, el Rector ordenó los festejos de dos años después por el primer siglo del Colegio. Las instalaciones del Convento del Colegio se habían mejorado y ampliado, por lo que la conmemoración fue autorizada por la Provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán. La expansión física y la importación de la docencia fueron importantes para seguir invirtiendo y conmemorar. Una Comisión se hizo cargo, compuesta por el Rector, varios lectores y algunos estudiantes. Las instalaciones se engalanaron. Un funcionario provincial dijo que era hora de que el Colegio creciera más, principalmente en la formación religiosa, pero también en la ciencia, por lo que se dio la idea de que el Colegio se transformara en Universidad Pontificia. Los festejos del primer centenario fueron relucientes:

 

En estas condiciones llegó la fecha señalada para dicha celebración, durante la cual se conmemoró el glorioso suceso con grandes y solemnísimas funciones religiosas, la inauguración de las obras materiales que se habían ejecutado y algunos otros actos a los que concurrieron los más altos dignatarios de la Provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán, muchos de los cuales habían estudiado en el Colegio; los prelados de las diversas Ordenes Religiosas, el Cabildo, Justicia y Regimiento de la Ciudad, la nobleza y los más connotados vecinos de Celaya.[5]

 

Como idea surgida de esa conmemoración, varias personas se encargaron de iniciar los trámites ante las autoridades virreinales de la ciudad de México, para convertir al Colegio en Universidad. La licencia del Virrey Marqués de Casa-Fuerte se dio el 17 de diciembre de 1725. Se autorizaron los estudios de Gramática, Retórica, Filosofía y Sagrada Teología. El título de Real y Pontificia Universidad fue otorgado gracias a las gestiones que Fray Fernando Alonso González, Prior del Convento de San Francisco y Rector del Colegio emprendió ante las instancias respectivas del virreinato de la Nueva España. El título implicó pertenecer a la Real y Pontificia Universidad de la ciudad de México, con gran prestigio en Nueva España. Se aumentaron los recursos para brindar becas de manutención, alojamiento y el crecimiento de la biblioteca. Se dijo que el acervo de la Biblioteca consistía para entonces en más de 5 mil ejemplares, que fue incrementándose con el tiempo.[6] Se estableció que cada año se graduaran estudiantes en la Universidad de la ciudad de México. Realmente, la preparación académica y sacerdotal en la ahora Universidad de Celaya era de gran calidad, con el egreso de muchos estudiantes. La enseñanza siguió siendo dirigida a españoles, aunque luego hubo una apertura para la admisión de estudiantes indígenas residentes en Celaya y alrededores, previo examen y comprobación de sus habilidades para el sacerdocio u otras disciplinas. Todos los estudiantes debían de pagar 3 reales para acceder a la educación que se brindaba, y otros 4 reales para acreditarse, entre otros gastos que debían cubrir y que el Colegio no realizaba.[7]

Hacia 1727, la Universidad Pontifica de Celaya quedó terminada arquitectónicamente. Su vocación quedó bien establecida:

 

... Toda la [obra] de el Colegio, ha encaminádose para dirigir a los hombres al verdadero camino de la Salvación, [...] para enseñar las siensias; para todo lo qual hemos construído aulas, y trahído libros de todas facultades, los más selectos y costosos; [...] para que aia Ministros del Santo Evangelio de la palabra divina, y de la administración de los Santos Sacramentos, que con la pureza de Santa Vida, y Doctrina, redusgan a los que herraren por el torcido camino de los visios, al gremio, y sequela delas virtudes...[8]

 

Las labores de la Universidad se ampliaron a brindar educación de primeras letras a niños españoles que residían en Celaya, con becas especiales. Hubo seis niños en la primera generación. Los profesores fueron instruidos para incorporar a estos estudiantes en las labores adicionales, como el trabajo en la huerta, en la biblioteca y en el aseo. Estos niños se integraron a los jóvenes que estudiaban allí. La disciplina y el cumplimiento de las indicaciones fue la norma a través del reglamento específico con que se contaba, que se habían dado a conocer en 1729, y que reformaron los anteriores estatutos. La reglamentación también abarcó a los lectores y residentes del Convento. Los programas de las clases fueron regulados de acuerdo con los temas y la bibliografía, con la argumentación sólida en la formación teológica principalmente. Veinte años después, se estatuyó la secularización de los centros educativos por lo que se debieron entregar al clero secular con tiempo. Este proceso no llegaría a Celaya sino hasta 1767, cuando se determinaron las extensiones territoriales, el patrimonio y las instalaciones. El primer párroco secular en Celaya fue Vicente de Zamarripa, quien llevó a cabo una evaluación de todo lo que pertenecía a la Universidad, junto con autoridades de El Cabildo y de la Audiencia de México.[9] La secularización ocasionó problemas en la administración de la Universidad y por supuesto en el tema del Convento y la Parroquia, que se prolongaron hasta 1785.[10]

El proceso de secularización se dio a partir del reinado de Carlos III. Los borbones hicieron una política que menguó el poder de las órdenes religiosas en la educación. La secularización implicó, desde luego, la racionalización y el conocimiento científico. Tanto las universidades como los centros de estudio tuvieron que ajustarse y readecuarse paulatinamente a los nuevos criterios del despotismo ilustrado. A finales del siglo XVIII se dieron reformas importantes en materia educativa y universitaria, también en la sanidad. Las expediciones científicas en los últimos treinta años de ese siglo incidieron sobre manera en la educación religiosa novohispana. Los colegios y universidades se reformaron en reglamentos y planes de estudio, donde la educación práctica y racional se impuso, enfocada al desarrollo de las ciencias, la tecnología y el humanismo.

La labor de la Universidad Pontificia de Celaya se extinguió a inicios del siglo XIX. Hubo pretensiones para establecer un Colegio Civil, donde Francisco Eduardo Tresguerras fue llamado para modificar la arquitectura del Convento y del espacio escolar, pero no se logró por el proceso de la independencia, ya que en Celaya hubo efectos adversos por la importancia que cobró la insurgencia y el combate de los realistas que fue intenso. Ya para 1827, la actividad educativa franciscana había decaído grandemente. La muerte definitiva de el Convento, el Colegio y la Universidad se vino abajo totalmente con las leyes de Reforma de 1859. El esplendor terminó para entonces.

 

 

 

 

 

 



[1] La documentación del Colegio de la Purísima Concepción de Celaya se encuentra en un expediente de la Biblioteca Nacional de México, UNAM, Archivo Inédito Franciscano, Caja Número 47, Fondo Reservado. El expediente fue consultado por Rafael Zamarroni Arroyo, Celaya, tres siglos de su historia, México, Editora Mexicana de Periódicos, Libros y Revistas, 1987, p. 234 y s.s., y lo estudió a profundidad, además de que hizo la historia del Colegio con amplios datos contenidos en esos documentos. La información de este autor también es abordada por Rafael García Pérez, Colegio de la Purísima Concepción de Celaya: Origen y Evolución
1617–1767, Guanajuato, Gto., Tesis de Licenciatura en Historia, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, 2006, aunque agregó el trabajo documental del Archivo Franciscano que se encuentra en Celaya.

[2] Florencio López Ojeda, “La Universidad Real y Pontificia de Celaya”, en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.): 16 de septiembre de 2007, publicado en El viento armado, la nueva historia de Celaya y la región, contada por autores de este tiempo, Celaya, Gto., El Sol del Bajío, 2007.

[3] Vicente Rodríguez, “Paz y orden”, órgano oficial de la V.O.T de penitencia de la Provincia franciscana de Michoacán,  Celaya, Gto., Año 1, núm. 2, 15 de Julio de 1944.

[4] César Munguía, Álbum de la coronación de Nuestra Señora Purísima de Celaya, Celaya, s.p.i., 1984.

[5] Ver Florencio López Ojeda, art. cit., p. 12.

[6] Rafael Soldara Luna, “Las librerías conventuales de Celaya”, en El Sol del Bajío, (Celaya, Gto.): 30 de septiembre del 2007.

[7] Rafael García Pérez, op. cit., p. 106 y s.s.

[8] Así lo cita Rafael García Pérez, op. cit., p. 113, de un documento proveniente del Archivo de la Provincia Franciscana de Michoacán.

[9] Ibidem, p. 130 y s.s.

[10] Ibidem, p. 134 y s.s.

diciembre 26, 2021

La historiografía digital en México

 

Desde hace 25 años que México ingresó de lleno al mundo electrónico y digital de la información. Primero fue el e-mail y las listas de noticias académicas o bases de datos de bibliotecas o archivos o libros; luego la digitalización de fuentes de primera mano o las bibliografías sobre determinados temas o enmarques geográficos o bio-bibliográficos, así como la hemerografía o la cronología y las efemérides; después vinieron las páginas web y los blogs individualizados, institucionales o temáticos o grupales sobre determinadas temáticas; y, en los últimos años, el auge de transmisiones en vivo, interacción global, las redes sociales y la discusión al momento sobre determinados temas. En el caso de la historiografía, la tecnología electrónica y digital ha brindado grandes beneficios en la difusión del pasado. Ha sido muy destacado para los historiadores brindar conocimientos sobre sus investigaciones y difundir a gran escala sus hallazgos o interpretaciones, mucho más en el marco de la enseñanza de la historia y la divulgación a gran escala.

La Internet ha sido un fenómeno global, democrático, popular. Un fenómeno colectivo con accesibilidad universal, donde la crítica, la polémica y la información son parte indiscutible de un mundo libre. La tecnología de la información ha marcado una transformación muy grande en el manejo de la información colectiva, influyendo en la economía, la sociedad, la política, la cultura. Las ciencias sociales y las humanidades se han visto beneficiadas con profundidad. La educación y la cultura han tenido un marco de difusión como nunca antes. La modernidad tecnológica ha implicado un manejo de la información infinita que en un clic permite saber y conocer infinidad de temas y datos o informaciones requeridas para el conocimiento individual y colectivo.

La historiografía mexicana se ha beneficiado grandemente de la tecnología de la información. La difusión a gran escala de documentos, archivos, bibliotecas, museos, imágenes, iconografías, contenidos, patrimonios inmuebles, libros, prensa, revistas, videos, radio, páginas personales y grupales, organizaciones y asociaciones colectivas, genealogías, cronologías, instituciones, reuniones académicas, conferencias, ponencias, enseñanza de la historia, música, artes, literatura, biografía, geografía histórica, mapas, cuadros, gráficas, y un largo etcétera, se han podido mostrar en la web con accesibilidad global. Hasta las fake news o los datos e informaciones falsas de la historia se han colado en la web. Ya no hace falta asistir a los archivos o las bibliotecas, o leer físicamente un documento o un libro o un artículo, o asistir a reuniones académicas en otro punto geográfico o entrevistar personalmente a algún personaje o figura pública, las hemerotecas están a la vista desde casa u oficina. Desde la computadora o desde el teléfono celular, la información está presente y fluye colectivamente. Todas las ramas de la historia se encuentran presentes en la información, prácticamente, de todos los periodos de la historia.

La pluralidad y heterogeneidad de la información es abundante como la historia misma, los autores o los improvisados o autodidactas o los divulgadores. Las distintas y variadas versiones sobre determinados acontecimientos o personajes también es parte del mundo de la información que se publica en la web. Las opiniones o polémicas de los usuarios ha sido un fenómeno muy interesante en la interacción y el intercambio, cuestionando interpretaciones o dichos de los historiadores y sus obras que dan a conocer. La opinión y la crítica sobre el trabajo del historiador nunca antes se había realizado con la intensidad que brinda la web. Hasta los plagios se han dirimido en las redes sociales y páginas web de distinto origen. Las obras publicadas han merecido el escrutinio colectivo de especialistas o autodidactas o simplemente interesados en la historiografía. No hay institución o editorial o museo o biblioteca que no esté en este mundo de la información digital. De hecho, no hay investigador o docente o autodidacta que no difunda de una manera u otra sus obras en la web. Los gobiernos igualmente se han conectado para difundir sus acciones o apreciaciones históricas, siempre con la legitimación por delante.

Desde los noventas la realización de bases de datos de fuentes primarias o bibliográficas en discos, producidos en buena parte por la Universidad de Colima o la UNAM y la UAM, representaron una buena aportación a la investigación histórica. Mucho más fue la creación de H-México, desde el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, que empezó a difundir el trabajo historiográfico con la información de libros y revistas, reuniones académicas, conferencias, bolsa de trabajo, bibliografías, museos, archivos y actividades del historiador en México y en otros países de Europa, América Latina, Estados Unidos y Canadá. Esta lista, hecha por historiadores, fue muy importante en la difusión del trabajo del historiador mexicano desde entonces.

Las páginas web de historiadores fue el siguiente paso en la divulgación, seguido de instituciones que mostraron sus líneas de investigación, alcances y producción de sus quehaceres. Las listas académicas se incrementaron con abundante información historiográfica. Se sumaron las páginas web de los archivos y bibliotecas más importantes en México, las bibliotecas de El Colegio de México, la Biblioteca Nacional de la UNAM, el Archivo General de la Nación, la Biblioteca Central de la UNAM, la Biblioteca Nacional del INAH, la Biblioteca Pública de Guadalajara, el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, por mencionar sólo algunas, pusieron sus catálogos en línea y favorecieron que las referencias tuvieran acceso al público estudioso de la historia.  Ejemplo fueron sin duda, los National Archives o la National Library of Congress de Washington, que fueron los pioneros mundiales de colocar el acceso a sus acervos en la web.

La digitalización de archivos privados y públicos o de bibliotecas fue la tónica a inicios del siglo XXI. Esto favoreció que se colocaran en la web documentos, hemerografías y bibliotecas completas digitalizadas. A su vez, lo anterior causó un gran impacto en la realización de estudios historiográficos, ya que los investigadores podían tener acceso sin desplazamientos físicos, consultar en línea o imprimir desde oficina o casa fue una novedad indiscutible para la consulta o el análisis de la información, aunque muchos archivos documentales han sido imposibles de digitalizar en su totalidad y hay que consultarlos directamente. La digitalización de la fotografía ha sido una labor importante, como ejemplo la Fototeca Nacional del INAH en Pachuca, Hidalgo. La consulta de la prensa, siempre labor dificultosa por el tiempo y el desplazamiento, fue una maravilla, sirvió de ejemplo una página canadiense (paper&record) que mostraba la digitalización de la prensa mundial, incluido México. Las fuentes de consulta del historiador en la web fue de gran ayuda para la investigación y sus resultados. Los tópicos y los temas se ampliaron como un abanico infinito.

Después vinieron las páginas de historiadores, instituciones, organizaciones, obras y periodos históricos en las redes sociales, principalmente, en Facebook, que profundizaron más la divulgación de los estudios, análisis o investigadores y épocas. En la segunda década del siglo, el auge de las redes sociales con acceso desde los teléfonos celulares o Smartphones incrementó el nivel de la información multimedia en contenidos históricos, desde documentos y obras publicadas, hasta fotografías, videos, iconografías, programas de televisión y radio y difusión de reuniones académicas y conferencias. Ahora con la pandemia del covid la web es indispensable para realizar reuniones colectivas y difundir el conocimiento a gran escala, incluyendo la evaluación de los historiadores y sus obras, una gran interacción que no necesita desplazamientos o riesgos de reuniones colectivas. Ahora, un buen porcentaje de obras publicadas se tiene que difundir en la web, ya que no hay recursos para la impresión y posterior distribución, ahora la comercialización es digital o mediante pedidos mediante la web. Han pululado también las páginas con revistas digitales o difusión de distintos aspectos de la historiografía. La recuperación de obras y fuentes documentales ha sido frecuente y abundante.

Los medios digitales han revolucionado a la historiografía mexicana desde inicios del siglo XXI. Sería imposible realizar un recuento exhaustivo de aportaciones o dislates o errores o plagios o polémicas. Las corrientes historiográficas, sin embargo, se encuentran bien representadas en la web, hay de todo y para todo. Todos los historiadores nos volvimos divulgadores con la utilización de la web. Académicos y divulgadores conviven en la difusión de la historia, incluyendo a historiadores oficiales, autodidactas o positivistas. Todas las instituciones han incorporado la difusión de su historia en las páginas web, igual que algunas empresas y organizaciones privadas, lo que ha permitido que haya trabajo para los historiadores o los divulgadores. El panorama es abundante y fragmentario en el conocimiento. Por ejemplo, la historia local o regional no sería conocida sin el instrumento de la difusión digital, aunque la fragmentación se ha incrementado también. En la enseñanza de la historia, sin embargo, se ha producido amplio conocimiento divertido, pero se ha incurrido en aspectos como el plagio de textos o propuestas fotográficas para tareas escolares. Hay hasta programas para detectar estos plagios, en uso por los profesores o incluso especialistas.

El mundo digital también sirve para la operación de una “Memoria” oficial, que busca conjuntar todo lo que tenga que ver con la historia de México en documentación, códices, bibliografía, iconografía, fotografía, video, museos, pintura, artes, etc., realizado digitalmente en las últimas décadas por instancias oficiales y privadas. Esta “Memoria” busca legitimar la acción gubernamental en materia histórica, utilizado lo andado para justificar la postura del gobierno actual en torno a las conmemoraciones centenarias de 2021. Todas las instituciones oficiales serán utilizadas en este proyecto recopilador, no aportador de nada nuevo. Creen descubrir el hilo negro donde no existe, gastando presupuestos innecesarios manteniendo a una colección de burócratas que no historiadores. Muchos dislates y errores se están cometiendo con ese proceder, sobre todo en contenidos y hasta en ortografía.

El peligro del auge digital en la historiografía ha sido, sin embargo, el asunto de la verdad o de la objetividad. Un gran porcentaje de textos o decires han tergiversado la verdad histórica sobre determinados acontecimientos o personajes. Gran cantidad de textos publicados en la Wikipedia, por ejemplo, que escriben profesionales o autodidactas o improvisados, carece de certeza u objetividad, aunque buena parte sí se concentra en describir históricamente ciertos acontecimientos o personajes u obras. La idea de la enciclopedia digital es muy buena, pero tiene sus peligros al hacerla colectivamente y con cierta libertad. Hay otros proyectos que circulan sobre contenidos históricos, algunos buenos otros malos, hay que tomar reservas al utilizarlos para la materia del historiador en varios acontecimientos y procesos o personajes.

Una aportación del mundo digital es la difusión de documentales y testimonios videograbados o provenientes de la televisión o el cine, ya ni se diga de carácter sonoro o fotográfico. La historia contemporánea o inmediata se ha visto beneficiada grandemente en su difusión, tanto para la historia social, como la historia cultural, ya ni se diga para la historia política o económica. Esa producción sirve de fuente directa para los historiadores. Si la fotografía aportaba, el cine, la televisión y el video, han permitido grandes conocimientos sobre el siglo XX y de historia inmediata del XXI. La videohistoria se ha cultivado grandemente en el medio digital. En México, ya es una corriente interesante en la elaboración de documentales y en aparición en redes o apps como Youtube, Twitter y Facebook. Pruebas fehacientes de ciertos acontecimientos que se video grabaron en su oportunidad con sus protagonistas y testigos.

La historiografía digital en México ha crecido cotidianamente durante las dos últimas décadas. La pluralidad y heterogeneidad del conocimiento histórico se ha incrementado infinitamente. La crisis historiográfica entre academia y divulgación se encuentra rebasada por la instancia digital, ya que amplia difusión involucra a todo mundo, más allá de los historiadores profesionales. Lo digital tiene la palestra de la confrontación permanente de interpretaciones o descripciones, la escalada de versiones sobre un acontecimiento o un personaje deviene en el debate constante a la vista de diversos interlocutores. La corrección de datos o la confrontación de ideas es frecuente en la estructura digital, mucho más en las redes de interacción inmediata. Prácticamente todo se consulta en la web, todo se constata y se polemiza. El historiador que se encuentra fuera de esto, pues se encuentra atrasado en su presente y circunstancia profesional. Los cuestionamientos son globales y pertinentes, por eso el medio digital es democrático, sin censura, libre y loable para abrir el sustento de la información al común de las personas. La historiografía, ahora, tiene un interlocutor perfecto para su evolución futura.

 

 

 

 

 

 

diciembre 19, 2021

Revistas de Historia en México, un recuento

 

La profesionalización de la historia en México incentivó la aparición de las revistas académicas muy avanzado el siglo XX. Las revistas comenzaron a ser espacios de divulgación de los avances o logros de la investigación en el decenio de los cuarentas. Fueron buenos espacios para el intercambio académico o el debate historiográfico sobre determinados periodos históricos o temas monográficos de interés para la comunidad de historiadores y público interesado, igual para la vocación multidisciplinar en ciencias sociales y humanidades. También fueron buenos espacios para los estudiantes de licenciatura, maestrías o doctorados en ciencias sociales y humanidades, tanto para leer y aprender como para colaborar con artículos o reseñas.

El intercambio académico entre historiadores se estimuló bastante con la aparición de las revistas académicas, primero, con las de divulgación, después. Estudiosos y temáticas se entremezclaron en la conformación de interesantes revistas, con artículos especializados, reseñas de trabajos publicados o aparición de noticias o testimonios documentales. En muchos casos, la identidad institucional se vio reflejada en las revistas trimestrales, semestrales o anuales. El intercambio académico es parte de la identidad de las revistas. Los historiadores mexicanos y extranjeros se entrelazaron en revistas importantísimas para la historiografía mexicana. Los temas de historia también inundaron las revistas de sociología, ciencia política, relaciones internacionales, economía, antropología y cultura. Los lazos multidisciplinarios fueron indudables.

Ya en 1942, la revista Cuadernos Americanos, fundada en México por Juan Larrea Celayeta y avalada por el importante intelectual mexicano Alfonso Reyes, abrió brecha en el tema de la historia y la cultura para contar con un espacio de intercambio en torno a los estudios y reflexiones que se emprendían por los estudiosos del mundo hispanoamericano. Le siguió, indudablemente, la revista Problemas Agrícolas e Industriales de México, que comenzó a publicarse en el año de 1946 de manera trimestral, y que ahondó en temas del mundo contemporáneo y donde participaron un buen número de investigadores estadounidenses, europeos y mexicanos, ligados a problemas económicos que se abordaban desde el punto de vista de la historia. Ahí participaron también funcionarios públicos o intelectuales oficialistas, sin descartar aquellos estudiosos vinculados a diversas corrientes políticas que abordaron los problemas sociales y económicos de su tiempo. Se publicó hasta 1959, brindando un panorama interesante sobre la historia de México y sus problemas. Los temas sobre agricultura, regiones, irrigación, política agraria, sociológicos, economía política, industrialización, hacienda, ganadería, petróleo, pesca y de historia, fueron parte destacada de la revista.

Desde 1938, la revista Christus, de la Compañía de Jesús, comenzó a publicar artículos relacionados con la historia de la Iglesia católica en México, en especial sobre el desempeño de la orden jesuita. Hasta la fecha, esta revista mensual es publicada, con la participación de historiadores católicos o académicos incluso. Esta es una revista de divulgación de amplia circulación.

Muy significativa fue la aparición, desde 1937, de los famosos y prestigiados Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional, que se ha dedicado a variados e infinitos temas vinculados a la historia del arte mexicano y de otras latitudes y que permanece en el tiempo, cada número muestra una amalgama de temas relacionados con la historia del arte muy enriquecedores. En 1939, la Revista Mexicana de Sociología fue fundada y desde entonces sus análisis antropológicos o sociológicos o provenientes de la ciencia política fueron de gran importancia. Desde entonces, en varios números, el complemento de la historia nacional o global ha formado parte de sus índices. En 1941 comenzó a salir la Revista Investigación Económica, comandada pro Jesús Silva-Herzog desde la UNAM, que además de publicar artículos sobre análisis económico, la historia económica no quedó descartada, aún se sigue publicando con claras tendencias hacia la historia local-regional, nacional e internacional de la dinámica económica.

En 1951 se publicó la revista Historia Mexicana, por parte del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, de gran trayectoria, prestigio y actualidad en la historiografía, y que ha abarcado periodos, temas o corrientes de todos los periodos de la historia de México o de otros países, principalmente de América Latina. Daniel Cosío Villegas fue el primer director de esta prestigiada revista. Impulsor también fue Alfonso Reyes. Ha sido dirigida por Luis Muro, Luis González y González, Josefina Zoraida Vázquez, Enrique Florescano, Bernardo García Martínez, Clara E. Lida, Solange Alberro, entre otros. Es una de las más importantes y prestigiadas revistas académicas de México, marcando corrientes y tendencias historiográficas muy destacadas.

En 1960, el propio Colegio de México comenzó a publicar la revista Foro Internacional, importante en el amplio campo de las relaciones internacionales y la diplomacia, con estudios históricos incluidos. Esta revista se convirtió en una revista global, hecha con especial atención en el tema, alcanzando un prestigio muy alto. Con esta misma tendencia, desde 1973, se publicó la Revista Relaciones Internacionales, conformada por el Centro de Relaciones Internacionales de la UNAM, que también ha subsistido en el tiempo, con artículos académicos de la historia de las relaciones internacionales mexicanas y el análisis diplomático.

En 1959 se comenzó a publicar Estudios de Cultura Náhuatl, en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, también con gran prestigio académico hasta la fecha, donde se han publicado importantes fuentes documentales, códices o textos indígenas, con temas relacionados con la historia, la etnografía, la lingüística o de antropología cultural, del periodo prehispánico, colonial o del periodo independiente.

Hacia 1965 se comenzó a publicar Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, conteniendo artículos, reseñas y documentos vinculados con los periodos de la independencia, el periodo de anarquía entre conservadores y liberales, la reforma liberal, el imperio francés, la república restaurada, el porfiriato, la revolución, la posrevolución y el periodo contemporáneo. Un año después, en 1966, el propio Instituto comenzó a publicar la importante revista Estudios de Historia Novohispana, enfocada a la historia de Nueva España en sus distintos aspectos económicos, sociales, políticos y culturales, contando con un importante análisis historiográfico o documental sobre esa etapa de trescientos años que los investigadores comenzaron a trabajar con ahínco y dedicación.

Desde 1961 se comenzó a publicar Estudios de Cultura Maya desde la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, avalada por su primer director Efrén del Pozo, y mediante el Seminario de Cultura Maya, con la finalidad de publicar avances y logros en torno al conocimiento de la civilización maya, desde un punto de vista histórico y multidisciplinar. Desde 1963 se publicó Cristianismo y sociedad, dedicada a temas relacionados con la religión, donde se publicaron trabajos históricos o de análisis de la religiosidad, muy popular en el decenio de los noventa. Antropología e historia se entrelazaron con varias colaboraciones académicas sobre las religiones en general.

Desde 1974 se publicó Cuadernos Políticos, por parte de la editorial Era, que se convirtió en una revista influyente en cuanto a la historia del pensamiento crítico latinoamericano, enfocado a las ciencias sociales en general, pero con artículos históricos marxistas o de izquierda. Se publicó hasta 1990 con gran éxito e influencia. En 1975 se editó Nueva Antropología, por parte de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), con textos etnográficos e históricos muy marcados, pero abarcando ciertos temas de política y sociedad. Por el estilo, también salió a la luz Historia y sociedad, como una revista abocada al estudio del pensamiento marxista latinoamericano, que se publicaba desde 1965, con importantes intelectuales provenientes de la izquierda y trabajos de historia latinoamericana, unos con fuerte carga antropológica o histórica. En ese tenor nació, desde 1977, la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, donde el análisis político y sociológico marcó temas históricos igualmente, con marcada concentración en la historia moderna y contemporánea de México, publicada por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Una segunda oleada de revistas dedicadas a la historia se dio desde los ochenta del siglo anterior. Históricas nació en 1979 como boletín de difusión del Instituto de Investigaciones Históricas, con marcada tendencia divulgadora de los quehaceres de investigación de los estudiosos de ese Instituto; Relaciones, Estudios de Historia y Sociedad de 1980, creada en El Colegio de Michoacán para dar espacio a los investigadores enfocados a los estudios regionales del occidente del país, aunque después se abrió a otros espacios locales o regionales en la historia y las ciencias sociales; en ese mismo año comenzó a aparecer Cuicuilco, revista de Ciencias Antropológicas, editada por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), con una clara tendencia a los estudios locales-regionales, la etnografía y la historia o la antropología en general; en 1982 se publicó la revista Encuentro por parte de El Colegio de Jalisco, con la participación de historiadores regionalistas que trabajaban el occidente mexicano y otros temas, pero concentrándose en la historia jalisciense; Estudios, filosofía, historia, letras, que publicó desde 1984 el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), con vocación por la multidisciplinariedad y espacio para la difusión de los profesores adscritos, pretendió abrirse a la globalidad de las ciencias sociales con una perspectiva cultural; en 1978 comenzó a publicarse Trace, un boletín del Centro de Estudios Mexicanos y Centro Americanos (CEMCA), sobre las investigaciones de estudiosos franceses en México, como parte de las labores de la embajada francesa, que fue una experiencia interesante por los estudios que se emprendían desde un enfoque local y regional, sobre todo, del periodo contemporáneo, y con extensión a los países de centroamérica; Mexican Studies/Estudios Mexicanos, desde 1984, en un proyecto conjunto entre la UNAM y la Universidad de California, que estimuló el intercambio académico entre estudiosos mexicanos y estadounidenses, abarcando temas y periodos de la historia de México desde los enfoques históricos, culturales, políticos, sociales, económicos, pero centrándose en la etapa contemporánea; desde 1983, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) de la SEP, publicó Anales, con avances de investigación sobre antropología e historia con enfoque regionalista, aparecieron año por año varios volúmenes dando cuenta de historias locales y regionales sobre todo; en 1985 nació Secuencia, revista de historia y ciencias sociales, propuesta multidisciplinaria dentro del Instituto Dr. José María Luis Mora, enfocado principalmente, en un inicio, a los estudios regionales y a la sociología política, después a la historiografía y a la divulgación histórica; desde 1987 nació Tzintzun, editada por la Universidad de San Nicolás de Hidalgo, enfocada a los estudios históricos locales y regionales, que abrió brecha en el camino en torno a los estudios michoacanos y de otras latitudes después; ese mismo año apareció Argumentos, estudios críticos de la sociedad, enfocada a las ciencias sociales y las humanidades y el análisis historiográfico, hecha en la Universidad Autónoma Metropolitana de Xochimilco; en 1986 nació Siglo XIX, cuadernos de historia, ideada y coordinada por Mario Cerutti desde la Universidad Autónoma de Nuevo León, luego coeditada con el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora de la SEP-CONACYT, que pronto se convirtió en un espacio importante para los estudios de historia económica y regional de México.

No se debe dejar de anotar la influencia dentro de la historiografía y la divulgación histórica que representaron las revistas Plural (1971-1976), Vuelta (1976-1998), Nexos (1978-a la fecha), Letras Libres (1999-a la fecha), ya que en muchos números aparecieron artículos de carácter histórico y la participación frecuente de importantes historiadores, sobre distintos tópicos que marcaron momentos de divulgación acerca de acontecimientos, personajes o circunstancias históricas o, incluso, como parte de la difusión de las obras de los historiadores. Octavio Paz y Enrique Krauze fueron impulsores de la divulgación del conocimiento histórico. Fue el caso también de Metapolítica, guardadas las proporciones, editada por César Cansino en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), desde 1997.

La fragmentación de los estudios históricos mexicanos, principalmente, por la emergencia de los estudios locales y regionales o la historia social o cultural, así como en el análisis historiográfico o el enfoque de la historia económica, implicó un acrecentamiento de las publicaciones de revistas académicas, unas con éxito y otras de breve vida, en la última década del siglo XX. Podemos mencionar a Historia y Grafía, editada por la Universidad Iberoamericana, desde 1993; Eslabones, revista semestral de estudios regionales, desde 1990, hecha por la Sociedad Nacional de Estudios Regionales A.C., y coordinada por Carlos Martínez Assad; en ese mismo año nació Estudios Jaliscienses, editada en El Colegio de Jalisco, con la labor editorial de importantes historiadores como José María Muriá, Jaime Olveda y Agustín Vaca, enfocada a los estudios locales; Desacatos, revista de ciencias sociales, cuyos primeros números aparecieron en 1999, hecha dentro del CIESAS; en 1994 apareció Dimensión Antropológica, hecha con una tendencia histórica clara y con enfoque antropológico como lo indica su nombre, y editada en el INAH; este mismo año también, desde la Universidad de Guadalajara, se comenzó a publicar Estudios del Hombre, enfocada a la multidisciplina, la filosofía, la teoría y la metodología, aunque en sus índices aparecieron tópicos locales y regionales de distinta factura, desde el enfoque de la historia; en 1995 comenzó a salir América Latina en la Historia Económica, como parte de la Asociación Mexicana de Historia Económica y con el sello editorial del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, con claro objetivo vinculado a la historia económica y social de diversos y variados tópicos; La Universidad Autónoma de Sinaloa, donde hay abundantes historiadores regionales, comenzó a publicar en 1990 Clío, con claro objetivo de mostrar los estudios que se realizaban sobre la historia sinaloense y énfasis en la historia económica y social; desde ese mismo año de 1990 comenzó a publicarse el Boletín del Fideicomiso y Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca, que desde entonces publica artículos puntuales sustentados con documentos que contiene ese archivo y que normalmente se refieren a acontecimientos o personajes de la revolución o posrevolución mexicanas hechos por historiadores visitantes del importante repositorio documental, que ha sentado una tradición de publicación y difusión dentro del gremio historiador; desde ese año, la historia comenzó a resaltar en la publicación de Debate Feminista, donde las mujeres y el género comenzaron a ser atención de la historia mexicana y de otras latitudes de las ciencias sociales; desde 1995, la Fundación Rafael Preciado Hernández, A.C., del Partido Acción Nacional, comenzó a publicar semestralmente la Revista Propuesta, con claro enfoque relacionado con la historia del partido y análisis político sobre México contemporáneo, y que se publicó largo tiempo, con plumas provenientes de la academia; desde 1999, apareció la revista Vetas de El Colegio de San Luis Potosí, con vocación regionalista sobre distintos periodos de la historia potosina; igualmente en ese año comenzó a publicarse Caleidoscopio, revista trimestral de ciencias sociales y humanidades, en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, con clara tendencia regionalista y multidisciplinaria, el énfasis puesto en la historia hidrocálida con apertura en el análisis historiográfico o la historia de otras latitudes; por el estilo apareció la revista Regiones, revista interdisciplinaria de estudios regionales, desde 1994, que editó el Centro de Investigación en Ciencias Sociales de la Universidad de Guanajuato, con un marcado enfoque de la historia local y regional guanajuatense; con la misma vocación se publicó Cuadernos del Sur desde 1992, por parte de la Universidad Benito Juárez de Oaxaca, que entrelazó la historia con la sociología o la antropología en varios artículos sobre las distintas regiones oaxaqueñas; con iguales intenciones se editó Región y Sociedad, por parte de El Colegio de Sonora, desde 1999.

La revista de divulgación del INERHM Sólo Historia, enfocada a los estudios sobre la revolución mexicana se comenzó a editar trimestralmente desde 1999, desde el 2003 se convirtió en Nuestro Siglo, que duró tres números más con colaboraciones tomadas de los foros académicos que esa institución realizaba y algunas entrevistas con historiadores y un diseño atractivo para la divulgación histórica. Desde ese mismo año, se comenzó a editar la revista Signos Históricos, por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana de Iztapalapa, veta de estudios históricos desde los setentas, seguidora de la Revista de Ciencias Sociales y Humanidades Iztapalapa, donde publicaban importantes artículos los historiadores de esa universidad sobre los siglos XIX y XX o de análisis historiográfico; de 1997 proviene la edición de la Revista Frontera Norte, revista internacional de fronteras, territorios y regiones, con importantes trabajos vinculados a la migración, la marginación, la desigualdad y la historia de los fenómenos de frontera territorial y regional; desde 1996 apareció la Revista Mexicana del Caribe, enfocada a los estudios históricos vinculados a esa región caribeña, financiada por la Universidad Autónoma de Quintana Roo.

Desde el año 2000, un grupo de académicos formaron el Centro de Estudios Internacionales que, desde el enfoque de la historia global, publicaron la Revista Perspectivas Históricas, Historical Perspectives, Perspectives Historiques, con énfasis en México, América Latina y Europa, y claro marcaje vinculado al análisis historiográfico y temas novedosos que estaban de moda en aquel entonces. Sobrevivió varios años y tuvo colaboradores provenientes de la escuela francesa de Annales. Tempus, revista en historia general, comenzó a ser publicada en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM desde el 2015, con una tendencia globalista pero con nula continuidad, abarcando temas relacionados con la historia de México.

Desde 1993, la Editorial Raíces publica Arqueología Mexicana, enfocada a la historia del México antiguo en todas sus expresiones, que aparece mensualmente desde entonces, bellamente ilustrada y editada. No hay tópico o tema que no haya sido dado a conocer en esta publicación de divulgación. Toda la expresión del México prehispánico está contenida allí, con la participación de infinidad de arqueólogos, historiadores y estudiosos de la antigüedad mexicana. En 1992 se comenzó a editar el Boletín Oficial del Instituto Nacional de Antropología e Historia, retomando el Boletín del Museo Nacional de México, que se publicó entre 1902 y 1959, cuyo creador fue Alfredo Chavero, con artículos referidos a los distintos aspectos históricos relacionados con las temáticas de esa institución, acercándose a la divulgación histórica de amplia circulación. Desde 1997 apareció la Revista Alquimia, como revista semestral del Sistema Nacional de Fototecas del INAH, con artículos bien equilibrados referidos a la fotografía histórica y temas puntuales.

H-México se constituyó, desde 1995, en un portal especializado y enfocado al trabajo de investigación, docencia y difusión del conocimiento histórico mexicano. Este portal web fue de fundamental importancia en la difusión del trabajo del historiador, ahora pionero e influyente para el gremio. Los portales de historia pasaron a ser un complemento indispensable de las revistas, ahora agregando todas las actividades vinculadas al trabajo historiográfico. Se siguió el ejemplo de muchos portales y revistas de historia que surgieron en España y Estados Unidos a finales de la década de los noventa y que ahora son muy influyentes en el conocimiento historiográfico. La divulgación del trabajo del historiador ha representado un impulso destacadísimo para la disciplina.

La historia se ha visto beneficiada por la publicación de revistas académicas y de divulgación, sobre todo en las primeras dos décadas del actual siglo. Es impresionante el número de revistas que se publican en los estados de la república, en especial en universidades y centros de estudio o por parte de sociedades y redes académicas. A la impresión en papel se ha sumado la creación de portales y paginas web donde se publican diversos contenidos. En el año 2000 comenzó la publicación de Istor en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) con enfoque dirigido a la historia global;  en el 2003 se publicó en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), la revista Graffylia, sobre filosofía, lingüística, literatura, historia, estética, arte, antropología y educación; desde 2003 se publicó la revista Ulúa, revista de historia, sociedad y cultura, por parte de la Universidad Veracruzana y en el Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales, donde hay una plantilla de historiadores de primera línea sobre historia local y regional; el tradicional Boletín del Archivo General de la Nación, donde además de artículos se publicaron documentos, cobró impulso en la primera década de este siglo, en forma de libro se publicaron interesantes artículos, documentos y noticias del gran mundo que es el Archivo; Tarwá, revista de historia, comenzó a publicarse en el año 2000 por parte de la División de Estudios Históricos y Humanos del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara, con la propuesta interesante de incluir avances de investigación de los estudiantes; desde 2009, la misma Universidad de Guadalajara edita Letras Históricas con temas sociales, culturales y políticos de distintos periodos históricos tanto regionales como nacionales; también desde este año se publica en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas la revista Liminar. Estudios sociales y humanísticos, con un espectro amplio de temas provenientes de la historia, las ciencias sociales y las humanidades, una amalgama gráfica incluida; desde 2017 se edita electrónicamente la Revista Mexicana de Historia de la Educación, desde la Universidad Autónoma de Querétaro, que tuvo sus antecedentes en otras producciones de la Sociedad Mexicana de Historia de la Educación, que surgió mediante reuniones académicas donde se abordaban los distintos aspectos de esa historia tan importante; de la misma factura es el Anuario Mexicano de Historia de la Educación, con trabajos de investigación muy orientados a la historia local y regional; Instersticios Sociales, desde 2011, en El Colegio de Jalisco, incursionó en la vida digital con toda la parafernalia académica del caso y con trabajos relacionados con la historia jalisciense y de otras latitudes, incluyendo el análisis historiográfico; también se publicó desde enero del 2013, la revista Trashumante, Revista Americana de Historia Social, por parte del Grupo de Investigación en Historia Social y la Red Internacional de Historia Social, con financiamiento de la Universidad Autónoma Metropolitana de Cuajimalpa y la Universidad de Antioquia de Colombia, con marcada atención en temas relativos a América Latina, donde se ha hecho énfasis en la historia urbana, local y regional pero también de aspectos sobre la vida cotidiana, las políticas públicas y otros temas innovadores; en ese mismo año se comenzó a publicar Oficio, revista de historia e interdisciplina, por parte del Departamento de Historia de la Universidad de Guanajuato, con clara tendencia historiográfica centrada en la historia regional, sin descartar análisis de teoría y metodología o hasta de filosofía, con un limitado impacto por la falta de distribución.

El año 2010, con motivo de las conmemoraciones por el bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución, hubo un estímulo de las publicaciones históricas. Surgieron varias revistas de divulgación: Memoria de las revoluciones en México, de la que se publicaron 10 números, con importantes artículos académicos y abundantes fotografías históricas y una edición de excelencia, muy coffee table book, difícil de leer y manipular por su formato, pero con una belleza incomparable, fue una gran aportación para la historiografía del momento con sus bemoles; desde el año 2008 se publicó BiCentenario, por parte del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, con artículos de divulgación académica, que circuló en el medio de los historiadores sin tener un impacto público importante, y que se sigue publicando, con temas muy fragmentarios que no dejan de hacerse con una perspectiva académica; Relatos e Historias en México, editada por la editorial Raíces, de las más populares e influyentes en la historiografía actual, se publicó desde septiembre del 2008, con profusión de imágenes e iconografía, fotografía histórica y artículos breves con temas vinculados a la historia mexicana de todos los tiempos, donde resaltan acontecimientos, personajes y temas de gran interés, que se sigue publicando con gran éxito mensualmente.

Parte de la historiografía mexicana ha evolucionado con la publicación de las revistas históricas. Gran parte de ellas ha tenido vocación académica, pero también en el campo de la divulgación. Esta revisión, para nada exhaustiva, muestra que las revistas son influyentes dentro de la historiografía. Funcionan para difundir el trabajo de los historiadores y otros cientistas sociales, igualmente para la participación de intelectuales y escritores. El intercambio académico o de divulgación ha sido la materia principal de las revistas, cuya circulación es frecuente, constante y abundante, rebasando la difusión de los libros. Las revistas cuentan con un papel principal en la historiografía y la difusión del conocimiento histórico.

Ahora la publicación de revistas se refugia en el mundo digital, mediante portales, blogs, podcats, páginas específicas, que mantiene su tradición e impacto en el público. Las ediciones impresas van cediendo para que las revistas se difundan mucho más en el mundo digital. Hay revistas que ya tienen todos sus números y volúmenes en línea, con el acceso abierto. Muchas no se consiguen impresas, guardadas en bodegas u oficinas de espacios universitarios, no circulan, excepto, claro está, aquellas relacionadas con la divulgación, muchas de las cuales se encuentran en los quioscos de venta de periódicos o revistas o en tiendas con librerías. Su futuro se encontrará en el mundo digital, incluso con el aval de instancias gubernamentales como el CONACYT, que ha forzado a todas estas publicaciones a cumplir con ciertos estándares para alcanzar la categoría de reconocimiento “indexado”, es decir, reconocimiento de un status científico o de divulgación. Las revistas académicas se han burocratizado tanto, que incluso se refleja en sus páginas web, donde se publican amplios requisitos, avales y vericuetos en su conformación y publicación. Lo curioso es que no se reparten o venden al gran público. Solamente se leen entre colegas o sirven para los famosos “puntitos” curriculares o de estímulos, están al servicio del Sistema Nacional de Investigadores o los estímulos universitarios, no a la vocación por la historia. En las páginas web de las revistas académicas se reflejan los mismos índices y procedimientos y normas.

Las revistas encuentran un amplio espectro de difusión dentro de la web, ahora principalmente a través de bases de datos o index sobre temas y artículos de todo el mundo, que permiten consultarse a texto completo y bajar las aportaciones en PDF. La difusión de los artículos especializados sobre distintos temas y variadas publicaciones es muy destacada e infinita, muy útil para la investigación. Dentro de los principales espacios están JSTOR, DIALNET, SCIELO, REDALYC, que contienen bases de datos muy amplias y donde figuran las revistas mexicanas con sus contenidos. La historia de las revistas dedicadas d al historia muy bien se puede reconstruir puntualmente gracias a estos repositorios digitales, pero igualmente, en el caso de las revistas indexadas, a que en cada una se encuentra el archivo histórico de los contenidos de cada número.

Gran cantidad de revistas históricas se encuentran atadas a las mafias académicas institucionales o de camarillas, que hacen evaluaciones y dictámenes para dar status profesional y “científico” a estas publicaciones. En gran cantidad de ellas, sobre todo dentro de las universidades estatales o centros públicos de investigación, las revistas suelen estar atrapadas en un marasmo burocrático o elitista, publican allí los “cuates” o “afectos” o “benefactores”, que suelen ser dictaminados favorablemente. Muy pocas revistas se salvan de esta circunstancia mafiosa, por más procedimientos y normas que pongan dentro de sus estructuras, avaladas por un padrón existente en el CONACYT o en el sector cultural.

Las revistas de divulgación histórica tienen más futuro que otras “científicas” por sus rasgos de impresión o de aparición digital y diseños atractivos en imágenes o fotografías o iconografía. La distribución es más eficiente y representan negocio para los editores, no como las revistas académicas que dependen de los presupuestos de universidades y centros de estudio, o de las mafias académicas que las conforman. Estas son de distribución restringida entre colegas para leerse mutuamente, no van más allá.

No hay que dejar de mencionar la influencia de los portales web en la difusión del conocimiento del pasado en todas las latitudes. México se encuentra en un lugar privilegiado en este aspecto. Con esto, se garantiza la posición influyente de las revistas dentro de la historiografía mexicana. Siguen siendo un medio de intercambio y divulgación del conocimiento del pasado. Ahora encuentran en la brecha digital el camino de subsistencia en un mundo amplio e infinito, plural y heterogéneo.