enero 13, 2022

Males y tribulaciones de la historiografía mexicana

 

La crisis de la historiografía mexicana permanece desde hace mucho. Se encuentra estancada. No se ha roto ningún paradigma teórico, metodológico o empírico. No hay hallazgos ni encuentros con lo novedoso y original. Los enfoques provienen del extranjero, los problemas de investigación no se resuelven con suficiencia o espectacularidad y, mucho menos, favorecen que se hagan nuevas interpretaciones que, basadas en fuentes de primera mano, lleven a distinguir a la historiografía avanzando y con importantes logros para el conocimiento del pasado. No hay novedades, mucho menos originalidad. Hubo destellos luminosos, pero se han perdido.

La historiografía se encuentra encerrada en el academicismo aburrido y sin rumbo, pero igual en la divulgación vulgar y hecha por encargo y a la ligera. Los historiadores no han ido más allá en nuevos conocimientos que permitan una reinterpretación de la historia mexicana. El oportunismo de efeméride los atrapa a todos, el positivismo sigue vigente en la hechura y escritura de la historia, atrapada en el acontecimiento, la exaltación de personajes, el encumbramiento del dato y la fuente, o, lo que ha sido peor, en un recuento de relatos y supuestos hallazgos de la intríngulis de realidades y verdades a medias o que sirven al momento del poder político o las líneas marcadas por poderosos académicos o funcionarios burócratas serviles usualmente al poder.

Una revisión de la producción historiográfica de los últimos veinte años, nos da la certeza de una crisis mayúscula, que acumula papel tras papel, libro tras libro, página web tras página web, sin sentido, en las bodegas y archivos digitales en editoriales, universidades o en las bibliotecas públicas y particulares.

El comportamiento de los historiadores también ha conducido a una gran crisis historiográfica que no tiene fin. La renovación se impone desde raíz.

¿Cuáles son los puntos centrales de esta debacle de la historiografía mexicana? Veamos.

Fragmentos. Los temas históricos se concentran en un cúmulo de hechos, personajes y minucias sin globalidad o universalidad. Los temas son desvinculados de los contextos o de la totalidad. La descripción enaltece a las fuentes si las hay, en muchos casos es un saco grande de datos y datos sin interpretación. Libros, artículos, ponencias o producciones digitales son acumulativos de la fragmentación temática. Los fragmentos no son unidos en una interpretación que permita ubicarlos en los contextos o trascendencia histórica que reinterprete y avance sustancialmente. Los fragmentos se quedan ahí como un cúmulo de conocimientos embodegados sin mayor trascendencia. Las partes no se unen al todo, o viceversa. El interés fragmentario aburre y no va más allá del migajón. Es clásico de la historia regional o local, también de la historiografía oficial o la historia económica o igualmente de la historia política. Los libros de texto para niveles primarios o de educación media superior no son atractivos por la fragmentación, aburren a los estudiantes y a los mismos profesores. Ya ni se diga en los niveles superiores, donde los estudiantes bostezan y prefieren hacer las consultas o el plagio en la web.

Burocratización. Los historiadores académicos se encuentran atrapados en la recolección de puntos, buscar financiamientos, reportar avances, llenar formularios en plataformas web, informar y apresurarse al logro de metas, además deben informar sobre estímulos y recompensas o reportes a los organismos que les permiten subsistir con ingresos adecuados. Las instituciones han orillado a un galimatías burocrático que los investigadores deben cumplir a fuerzas. No se pueden dedicar de lleno a la investigación y a brindar buenas aportaciones, porque hay premura, complicaciones, enredos y urgencias.

La producción historiográfica se ha burocratizado tanto, que las aportaciones son reflejo de la rapidez con que se estudia o interpreta. La historiografía se ha restringido a informar, sin interpretar o analizar. El chiste es publicar a cualquier precio, a brindar las informaciones pertinentes que cubran o justifiquen el financiamiento. Los refritos son abundantes.

La competencia por plazas de tiempo completo son un galimatías burocrático, una competitividad que se queda en las camarillas con su correspondiente burocracia. Los requisitos para concursar plazas exceden con mucho las posibilidades de los historiadores, proyectos, líneas de investigación, currículum vitae, papeles y papeles y más papeles, entrevistas y pruebas frente a grupo, para que un par de personas decidan, usualmente a favor de los recomendados o poderosos. A personas con trayectoria los desechan, a los recién egresados solamente los aceptan si están ligados a poderosos. La petición de cartas de recomendación refleja eso, las vinculaciones corruptas de la burocracia de los concursos. Hay veces que los concursantes son más sabios que los que evalúan en comités compuestos por historiadores fragmentarios, encerrados en su pequeño poder del cubículo.

Teoritis. La aplicación de conceptos y metodologías históricas del extranjero es lo común en la historiografía académica. Los hallazgos en las fuentes se describen enmarcados en conceptos y conceptos, que si un historiador dijo o dejó de decir, que las corrientes historiográficas, que los métodos, que los análisis teóricos, que las escuelas. La realidad y la verdad se desaparecen como objetos de estudio. A los historiadores académicos les fascina citar autores teóricos para enfocar sus hallazgos, sin lograr una vinculación que conlleve a romper paradigmas, de acuerdo con la realidad histórica investigada. El objeto de estudio se diluye normalmente. Los sesgos teóricos enaltecen ciertos temas, sin avanzar realmente en la interpretación o permitir explicar o aportar al conocimiento novedoso u original.

La teoría lleva a las modas temáticas que surgen de los conceptos, no de la realidad. El exceso de teoría hace que la producción historiográfica sea leída solo por los colegas o estudiantes y que se acumulen las bodegas con libros y revistas que nadie lee o consulta, o se encuentren en las nubes de internet sin ser consultadas por nadie. Pasa en gran parte de las universidades y centros de estudio del país. La historia social o cultural, o incluso la historia económica, está llena de ejemplos. El “marco teórico” destruye la verdad o la realidad histórica, que se pretende construir a base de conceptos y conceptos.

Efemeridología. A los historiadores oficiales, positivistas, burócratas o vinculados con el poder político les fascina hacer historia de acuerdo con las efemérides cívicas que resalta el gobierno en turno, en todos los niveles. Es muy oportunista esta producción, que se percibe en libros, artículos, conferencias, reuniones, páginas web, periódicos, revistas, exposiciones, organismos, redes sociales, etc. No hay un interés por ampliar o profundizar o reinterpretar los momentos históricos, sino reciclar, plagiar, recircular y exaltar los acontecimientos y personajes que forman parte de la historia cívica que los gobiernos de todos los niveles buscan resaltar para la legitimación y el fortalecimiento de la identidad de pertenencia, también relacionados con el tema de los patrimonios, la promoción turística y la parafernalia conmemorativa de ocasión. La historia maniquea o maquillada luego tiene sus adeptos en historiadores profesionales o divulgadores, sobre todo si es bien pagada. Se buscan los valores y principios de una colectividad, más que avanzar en el conocimiento del pasado común o la memoria colectiva. Se reimprimen miles de ejemplares de libros que nadie lee, que denominan “clásicos”, sobre todo, en temas de la independencia, la reforma o la revolución. Se crean organismos para acumular materiales, no para redimensionarlos o vincularlos efectivamente con la necesidad presente de la memoria colectiva.

A los divulgadores o escritores les fascina la efeméride, porque con ello realzan la ficción o la mentira o brindan publicaciones donde se resalta la sangre o la muerte o los sentimientos de la gente del pasado, normalmente ligados a personajes, familias o poderosos. Aplican la ficción a periodos históricos con un cúmulo de mentiras que a la gente les agrada leer. Este hecho, permite a las editoriales privadas tener altas ventas de momento, porque después los libros se van a la trituradora. La historia se convierte en propaganda o en una difusión sin sustento que sirva para conocimientos novedosos que las personas disfruten realmente.

Reconocimientitis. Muchas ocasiones el avance historiográfico depende, sobre todo en la academia, del logro de reconocimientos y premios. Hay historiadores que buscan el reconocimiento de su trabajo con ahínco y dedicación. Viven para ello. Producen y producen libros y artículos y textos varios para que sean reconocidos por la comunidad académica o los gobiernos y ciertas organizaciones, aunque se repitan no importa. Se autopromueven y vinculan en camarillas para lograr ser reconocidos por su trabajo historiográfico.

El reconocimiento se ha convertido en una obsesión historiográfica y de grupos académicos o liderazgos de ciertos historiadores, hasta una Nomenklatura existe, conformada por poderosos. Se reparten las posibilidades con evaluadores o dictaminadores, con tal de ofrecer el reconocimiento, incluso, a trabajos o estudios que no merecen la pena en el avance del conocimiento histórico.

Infinidad de tesis de licenciatura, maestría, doctorado, posdoctorado o investigaciones académicas de calidad se han visto coartadas por reconocer a miembros de las camarillas o grupos que detentan el poder de las evaluaciones, en premios, estímulos y reconocimientos relacionados con la historiografía. El influyentismo perdura en este tema del reconocimiento historiográfico. Se premian a funcionarios o poderosos o líderes de camarillas, no a los que hacen investigación de verdad, por ejemplo. Obviamente, el daño es increíble, porque se reconoce la mala calidad normalmente. Lo anterior incluye la organización de homenajes a historiadores con trayectoria o sin ella. En las universidades y centros de estudio les fascina la organización de homenajes, manera de reconocer a jefes de camarillas y grupos académicos o poderosos funcionarios, ya ni se diga entre las “mafias académicas” en universidades y estados de la república. Honoris Causa o reconocimientos institucionales abundan para dar “caché” a rectores o directores generales o políticos que comandan instituciones con rasgos académicos, ya ni se diga gobiernos de todos los niveles. No es uno sino varios y frecuentes, donde por lo regular no se evalúa la calidad del trabajo historiográfico o las aportaciones a nuevos y renovados conocimientos intelectuales. Premios nacionales y estatales o municipales a historiadores abundan. Esto incluye el ingreso a corporaciones que paga el gobierno con recursos y becas, donde a la mayoría de los miembros no les corresponde tal distinción, que, se supone, es por la calidad no la cantidad de la obra. Publican tomos de los tomos de la obra de los miembros, que solamente enriquece a bibliotecas o bodegas. La aportación intelectual se diluye usualmente. La homeneajitis es una lacra de la historiografía nacional.

Narrativitis. Desde finales del decenio de los sesentas del anterior siglo, el marco de la llamada narrativa ha influido en la producción historiográfica continuamente, con la premisa de que en la forma de relatar la historia hay un acercamiento con la gente común y corriente interesada por conocer su pasado. El enfoque de la narrativa fue bien logrado por algunos historiadores, académicos o divulgadores, una virtud que se enaltece. El relato histórico se vio impulsado con gran ímpetu en circuitos académicos y en el marco de la divulgación histórica. La historiografía local y regional se vio estimulada por este enfoque. Muchos intentaron insertarlo con malas maneras y formas. Unos cuantos lo aplicaron con eficiencia y éxito. Aún ahora es aplicado como forma “chistosita” de narrar la historia y, con ello, acercarse al público consumidor de historias y relatos. En realidad es un estilo, porque no se han dado aportaciones paradigmáticas que influyan en el conocimiento del pasado con gran envergadura. Es una forma de allegarse lectores, mal lograda en la mayoría de los casos. Muchos quisieron copiar a Luis González y González, gran impulsor del tema de la narrativa, sin lograrlo o siquiera alcanzarlo, entre ellos académicos o tesistas o divulgadores. En las regiones fueron legión. Igual en los guiones de los museos o en la prensa. Pulularon dentro de la cultura popular. Muchos han caído en el ridículo porque lo hacen bastante mal, no son narrativos.

Divulgacionitis. Los académicos se han obsesionado con el tema de la divulgación. Sus libros y artículos no han tenido gran impulso en el consumo del gran público. Normalmente, son publicaciones que solamente circulan en medios académicos. Unos cuantos colegas se leen entre ellos dependiendo del tema. Ante el éxito de la novela histórica o la producción de los escritores divulgadores, los historiadores académicos se obsesionaron con hacer “historias de divulgación”. Muchos de ellos creen que hacen divulgación en libros, artículos, exposiciones, publicando en la prensa y las revistas, o en la producción digital, guiones de museos o catálogos de exposiciones, o incorporando amplia iconografía o la utilización de la fotografía, el cine, la TV o el radio; sin lograr realmente aportar novedades originales sobre el conocimiento e interpretación de la historia. Como la ficción no se les da, pues fracasan al aplicar el estilo.

En cambio, los divulgadores históricos, normalmente apoyados por la publicidad o el marketing de las editoriales, como celebridades de la TV, el radio o las redes sociales; han tenido mucho mayor éxito en el consumo de productos de historia. Eso incluye también la participación como “asesores históricos” en telenovelas o filmes con tema histórico.

La obsesión por la divulgación se hizo presa de los historiadores académicos de todas las instituciones educativas o de investigación, museos, archivos, bibliotecas, enmarcados dentro del sistema cultural gubernamental o privado. La competencia ha sido impresionante, pero ha dañado a la historiografía con producciones parcas y con escaso interés, de una generalidad sorprendente. Muchos han querido emular a Enrique Krauze sin lograrlo, por lo que en vez de reconocer su trabajo de divulgación, lo han criticado o denostado porque hace negocio con la historia.

Plagio. La historiografía mexicana ha sido muy dañada por el tema del plagio, sobre todo en la elaboración de trabajos académicos de licenciatura y posgrado, pero también en la producción de investigación. El plagio textual, pero también el plagio de ideas o narrativas, ha sido muy común en los últimos años porque se tiene acceso vía digital a infinidad de libros, artículos, ponencias, conferencias y ensayos. Es más frecuente entre los estudiantes por descuido e impreparación, delicado en cambio en los académicos faltos de ética y seriedad. El plagio de ideas es grave porque se toman enfoques o perspectivas como referencia y con eso se elabora un marco de interpretación igual pero con distinto contenido. Los esquemas se copian sin dar la referencia de rigor. La falta de ética es común en los plagiarios copiones o que sustraen ideas ajenas.

En las últimas décadas, la historiografía mexicana se ha visto afectada por esta dinámica copiona inmoral. Muchos funcionarios académicos lo han practicado, pero también investigadores que no leen y que no van a los archivos, que hay muchos. Es usual en los tesistas de licenciatura y posgrado, cuyos “asesores” no les asesoran, valga la redundancia, ni leen, por irresponsabilidad.

Malinchismo académico. La preferencia por autores o producciones de afuera del país es muy común en México. Unos porque estudiaron en el extranjero, otros porque se sirven de la fama de un historiador externo, unos más porque reciclan ideas o aportaciones teórico-metodológicas que sí funcionan para realidades foráneas, otros porque se encuentran ligados con historiadores o grupos o redes del extranjero y forman parte de esas camarillas veneradoras.

El historiador académico, usual y en su mayoría, recurre a enfoques metodológicos provenientes del extranjero, sobre todo de Europa o Estados Unidos, para aplicarlos a las realidades mexicanas. En unos casos ha funcionado, en otros, es una vinculación forzosa y muy lamentable. Muchos tesistas de licenciatura o posgrado adoran y se hincan prácticamente a la producción historiográfica del exterior del país. Sus aplicaciones son lamentables en muchos casos, pero divulgan lo de afuera primero que nada.

El malinchismo académico también se expresa en reconocer, divulgar, homenajear obras y autores o incluso publicar hasta el cansancio, para ciertos temas y periodos por supuesto, a personajes historiadores que han escrito sobre la historia mexicana en algún momento. Hay casos muy lamentables, otros no tanto. No se trata de xenofobia sino de crítica historiográfica. Ha habido historiadores de excelencia que han dado aportaciones indiscutibles sobre ciertos temas y periodos, que han merecido reconocimiento y exaltación, pero hay una inmensa mayoría que no se ha dado el caso y sin embargo disfrutan las mieles de la adoración ciega e innecesaria, casi arrastrada por cierto. Infinidad de tesistas estadounidenses o europeos han producido historiografía sobre México, una gran parte de esos trabajos no valen la pena por su generalidad y carencia de entendimiento de la historia mexicana, pero ciertos historiadores mexicanos les rinden pleitesía.

Hay historiadores académicos que promueven recursos para exaltar a ciertas figuras, publican todo lo que escriben y homenajean frecuentemente. Ahora con las redes sociales, hay historiadores que impulsan y promueven la obra de historiadores externos, no de muy buena calidad que digamos, o con enfoques ya superados, cosa que no hacen con las aportaciones u obras de los mismos historiadores mexicanos. Este comportamiento es lamentable y poco ético.

Las universidades y centros de estudio en México contratan a profesores-investigadores extranjeros. Por alguna circunstancia los prefieren. Gran mayoría de ellos no cuenta con trayectoria académica suficiente o no poseen el grado de doctorado. Algunos son profesores de formación, cuentan con títulos equivalentes a profesorados, licenciaturas o maestrías. Argentinos, españoles y estadounidenses son los predilectos. Además se convierten en funcionarios académicos o coordinadores de carreras o equipos de investigación dentro de las instituciones. Pocos aportan a la historiografía mexicana con suficiencia, algunos trabajan temas foráneos sobre Europa, Estados Unidos o Sudamérica. En las últimas tres décadas del siglo XX, hubo una invasión de profesores-investigadores extranjeros en las instituciones académicas dedicadas a la historia en el país. Muy pocos estimularon a la historiografía mexicana como debería y se lo merece. Las instituciones de “prestigio” creen que contando en sus filas con historiadores extranjeros hacen grandes logros. Es imagen más que sustancia o avance. Más bien, diría yo, es malinchismo.

Turismo académico. La burocratización de los historiadores académicos ha sido impresionante en las últimas décadas. Las instituciones han burocratizado al más no poder a los académicos, investigadores y docentes. La necesidad de incrementar ingresos o financiar proyectos de investigación ha conllevado el intercambio académico con el mundo. La asistencia a congresos, estancias académicas, conferencias, reuniones, establecimiento de redes o labor docente en universidades y centros de estudio en el extranjero ha sido una dinámica constante desde la década de los noventas del siglo anterior. Sin embargo, se ha caído en un abuso permanente por parte de los académicos, el intercambio se ha confundido con la realización del turismo académico. No hay proyecto o institución que no lo avale. Gran parte de los presupuestos financieros institucionales o de proyectos de investigación, se elaboran con ciertas tajadas para el intercambio académico, confundido por la realización de turismo. Normalmente, un texto se presenta varias veces en reuniones académicas en diversas partes de México o el mundo. La exposición es de quince minutos, y, para eso, se gastan recursos de traslado, estancia, hospedaje, pago de la reunión, etc., por varios días, sino es que semanas. Algunos van a estancias académicas inservibles, ya que funcionan solamente para incrementar puntitos y el listado curricular, sin mayores aportaciones. Hay académicos que viajan prácticamente cada mes o por varios periodos de tiempo en cada año. Si son funcionarios académicos es peor. Algunos cargan con la pareja o la familia a costa del erario universitario u oficial. Si la reunión dura tres días normalmente, pues el académico se queda más días porque pasea al mismo tiempo. Esta práctica frecuente ha ocasionado que la producción se vea afectada. Hay textos que se reproducen hasta diez veces en publicaciones, como memorias o libros de las reuniones, discos compactos o páginas web. Hasta le cambian el título a los textos para no verse evidenciados. Sus aportaciones ni siquiera resaltan en las reuniones a las que acuden. Una somera evaluación de los estímulos o reconocimientos da por resultado esa circunstancia. No se aporta nada, no se evoluciona en nada, con textos reciclados de propia mano que, además, luego se convierten en artículos en revistas “especializadas”. La falta de ética y la corrupción imperantes en el medio académico da por resultado esta lacra del turismo académico. El intercambio se ha convertido en el pretexto ideal del turismo.

La ética. Hay historiadores que no leen, que no van a los archivos, que explotan a un ejército de asistentes y ayudantes, que no van a dar sus clases, que plagian con palabras bonitas trabajos de investigación de sus alumnos, que organizan pachangas y reuniones para ver a los cuates, que se convierten en funcionarios para gozar de las mieles del poder, que inventan fuentes o se las roban, que repiten y repiten publicaciones, que ni siquiera ponen notas al pie de sus escritos porque esa labor la hace un asistente, que viajan a reuniones o conferencias sin mayor aportación que su voz, que están incorporados a organizaciones o redes sin hacer prácticamente nada, que son dictaminadores y evaluadores para favorecer a sus camarillas, que influyen en lo que se publica y no, que reciclan artículos en varias revistas o publicaciones periódicas, que editan o coordinan los libros para autopublicarse y tener más puntitos, que plagian y autoplagian, que teorizan sin acercarse lo más mínimamente a la realidad que supuestamente investigan o analizan, que solicitan recursos de proyectos para beneficiarse con equipo tecnológico o de publicaciones, que intervienen en la dictaminación de plazas académicas sin el mayor pudor para favorecer a sus cercanos, que rinden pleitesías a los poderosos o funcionarios en turno, que se arrastran para participar en proyectos, seminarios, reuniones o fiestas con tal de publicar y beneficiarse en algo. La falta de ética es muy común dentro del medio de los historiadores y divulgadores mexicanos. No hay principios o valores que lo impidan, porque la competencia de los puntitos que favorecen los ingresos o la posición impera por sobre el avance paradigmático del conocimiento histórico. La convocatoria de las plazas para investigadores o docentes, usualmente y en general, se encuentran amañadas a favor de los cercanos, estudiantes o colegas. Prácticamente, en las universidades y centros de estudio, el tema de las plazas, tan restringido por las finanzas públicas, se encuentra intervenido por las camarillas o líderes o jefes. Entran los que rinden pleitesías o los que se identifican con los intereses de ciertos grupos. Infinidad de colegas historiadores se quedan fuera, siendo más valiosos que los que entran. Este manejo es poco ético y hasta inmoral.

Hay historiadores moralinos que critican a los divulgadores o a los historiadores que actúan en medios institucionales del gobierno. No se atreven con los académicos. Hay tres casos muy sonados. No tienen suficiencia en sus críticas porque finalmente actúan igual o peor a los que critican. Eso sí, han publicado libros enteros reflejando envidia o egoísmo en torno a figuras importantes que escriben sobre historia mexicana con frecuencia. Uno de los críticos que escribió un manual nunca ha hecho investigación en archivos o producido una historiografía solvente. Otro critica lo que se hace en la divulgación histórica, más bien con el hígado que con la suficiencia académica, lo hace tan mal que da pena. Uno más se ha atrevido a corregir datos de un eminente historiador que ha aportado a la divulgación histórica del país, como nadie lo ha podido hacer. La crítica historiográfica se ha diluido en desborde de personalismo barato.

Los males y tribulaciones de la historiografía mexicana impiden que la disciplina avance y descubra nuevas formas o vertientes del conocimiento del pasado. El historiador mexicano se encuentra atrapado en una dinámica de competencia, no por el conocimiento, sino por la mediocridad, el burocratismo, la arrogancia, la ignorancia y la mala ética. La competitividad del medio de historiadores es por las plazas, las publicaciones, la labor docente, los nombramientos, los reconocimientos, los estímulos, no por el estudio y avance de la historiografía, que sigue siendo positivista, atrasada, necia, oficial, mentirosa, contradictoria, incoherente y con falacias, poco profesional. Eso es en lo que termina la enseñanza de la historia, a veces tan cacareada innecesariamente como la palestra de la formación y especialización de los historiadores. Sus bondades se diluyen en la práctica. Se impone una transformación pronta que, sin duda, harán las nuevas generaciones de historiadores mexicanos, que contarán con otra misión y visión sobre el pasado, el presente y el futuro de la historia. Librarán un combate más.

 

enero 09, 2022

Qué es la historia cultural? Notas de método.

 

“La historia cultural … considera al individuo, no en la libertad supuesta

de su yo propio y separado, sino en su inscripción en el seno de las

dependencias recíprocas que constituyen las configuraciones sociales

a las que él pertenece. Por otra parte, la historia cultural coloca en lugar

central la cuestión de la articulación de las obras, representaciones

y prácticas con las divisiones del mundo social que, a la vez, son

incorporadas y producidas por los pensamientos y las conductas”.

Roger Chartier, El mundo como representación, historia cultural: entre práctica

y representación, Barcelona, Gedisa Editorial, 1996, (Colección Historia,

hombre y sociedad), p. X.

 

El conjunto de valores, tradiciones, costumbres, símbolos, signos, patrimonios y prácticas que se establecen en las relaciones sociales, en el tiempo y en el espacio, determinan la identidad histórica de los fenómenos y procesos que el historiador investiga a partir de la visión de la integralidad y la totalidad. Por esto se puede hablar de una transición de la historia social a la historia cultural, en boga en estas últimas décadas en el debate metodológico de la ciencia de la historia.

Esta sentencia de la historiografía contemporánea conlleva a un proceso epistémico, que permite pasar del umbral de la historia social a la historia cultural, abriendo un abanico importante de objetos de estudio y análisis de la realidad histórica que estudia el historiador. Según el posmodernismo, los valores, tradiciones, representaciones y prácticas culturales emergen como una “superestructura” que domina en todos los campos y estructuras del mundo social y, por ende, en la historicidad de la realidad, mediante su conjunción en la identidad sociohistórica, que se expresa en el espacio y el tiempo de las relaciones sociales. En  últimas fechas se han incorporado los enfoques vinculados con los lazos patrimoniales, ecológicos y ambientales como factores interrelacionados siempre con la historia cultural.

La diversidad y complejidad de la realidad histórica proviene de la dinámica que existe en el conjunto de las relaciones sociales, lo que permite visualizar una serie de vinculaciones e interrelaciones entre las estructuras y coyunturas, pero también de los acontecimientos, en un determinado espacio. Así, la economía, la política, la sociedad, la cultura, el ambiente y el territorio, se ligan entre sí para la construcción de una totalidad específica y concreta, que conforma, indiscutiblemente, a la historia síntesis, a la historia total, pero también a la historia social.

La multidisciplinariedad del conocimiento histórico ha sido un hecho fundamental de los avances de la ciencia histórica durante el siglo XX. El conocimiento de la historia social no sería posible sin esa vocación de la disciplina, porque su campo de acción y de conocimiento le permite nutrirse del conjunto de las ciencias sociales y humanas, para avanzar en el análisis, comprensión e interpretación del pasado y del presente. Esta cuestión le ha permitido, en las últimas décadas, poder transitar de la historia social a la historia cultural, encontrando nuevas aristas de conocimiento problemático y complejo en el campo de la historiografía.

La concepción de la totalidad concreta, por parte del historiador, como sujeto de investigación, lleva a un proceso epistemológico que condiciona y determina la construcción del objeto de estudio, independientemente de los niveles micro y macro que el universo social tiene, y que el historiador se encarga de tejer mediante la investigación y el análisis. Por esto, la multidisciplinariedad se impone dentro de la ciencia histórica, dando sentido a los postulados de la historia social, pero también, más recientemente, a lo que se ha dado en llamar historia cultural.

Si la historia social nace de la totalidad del conocimiento del pasado del hombre en sociedad, la historia cultural surge a partir del conocimiento de la identidad sociohistórica, que se encuentra en el conjunto de estructuras y coyunturas que esos hombres del pasado dejaron como huella indeleble del acontecer, por medio de su expresión en el campo de las relaciones sociales. Un autor francés, como Alain Croix, estableció que “La historia cultural es también el arte de manejar la dialéctica: un manejo delicado que debe ser sutil. La aplicación sin duda más evidente es la de la relación entre distintos medios sociales … entre lo cultural y las otras realidades económicas, sociales, políticas… al menos con la preocupación de articular lo menos mal posible la cultura en su contexto”.

El problema epistemológico entre ambas tendencias del conocimiento histórico se encuentra en desentrañar el papel que tienen los valores, símbolos, representaciones y prácticas culturales que conforman la identidad de las relaciones sociales, y que, a simple vista, no se expresan o separan. Es el historiador el sujeto que desentraña e interpreta esos procesos, que tienen un papel indiscutible en la expresión de la identidad sociohistórica de los fenómenos y hechos del pasado. La habilidad del historiador hace que el conjunto de fenómenos o expresiones se liguen entre sí a partir de las fuentes que dan sustento a la identidad histórica de un determinado espacio.

¿Cuál es el objeto de la historia cultural? La diversidad y complejidad de la realidad sociohistórica sólo puede entenderse a partir de los símbolos, signos, valores, tradiciones, representaciones y prácticas que los hombres del pasado expresaron mediante sus acciones, en las mismas relaciones sociales que quedaron y plasmaron en el tiempo y el espacio. Esto implica encontrar los rasgos de la identidad histórica que los actores, los grupos, las clases, los “hombres de carne y hueso”, dejaron en la especificidad de la realidad, sea ésta económica, política, social, cultural o territorial o incluso ambiental.

A simple vista, este objeto no se visualiza, pero está presente siempre como una constante que marca el ritmo de la expresión histórica de la realidad social. La identidad es una variante que condiciona el comportamiento de los hombres en el conjunto social y, por ende, se encuentra constantemente en todos sus actos, marcando a las estructuras y coyunturas, pero también a los acontecimientos, mediante un conjunto de símbolos, signos, valores, prácticas, tradiciones y representaciones a los que el historiador debe de ser sensible e interpretar para construir el conocimiento específico del pasado.

La historia cultural es también una historia total, de síntesis, social, que emerge a partir de una globalidad e integralidad que se conjuga en el orden de los rasgos que identifican y expresan las relaciones sociales que el hombre establece en el tiempo y en el espacio. Es una historia compleja y diversa, tal y como la realidad histórica se presenta a las miradas, observaciones y visitas del historiador. Las huellas de las prácticas y representaciones culturales se  encuentran en todas las estructuras, coyunturas y acontecimientos del pasado, y que forjaron, indudablemente, las características de una identidad sociohistórica que pervive en el presente mediante un conjunto de signos, símbolos y valores o tradiciones o dominios o entornos. Es aquí donde el juego entre el pasado y el presente brinda el objeto fundamental del conocimiento histórico.

La historia cultural no es la historia de las mentalidades, el folklore, las costumbres, las tradiciones machaconas y la vida cotidiana, porque su estatus va más allá, el campo de las representaciones y prácticas que construyen a la identidad sociohistórica, es decir, a los rasgos que definen y expresan los procesos y fenómenos del pasado del hombre en sociedad. Los signos, símbolos y valores de los actores históricos se dan en todas las estructuras de las relaciones sociales, brindando sentido a la identidad que los hombres establecen en las distintas esferas donde se relacionan y actúan. El mosaico de objetos de estudio es amplio, como lo consideró el historiador George Duby: “Al parecer, un gran campo de la historia cultural debe ocuparse del estudio de los fenómenos de recepción. Reconstruir la herencia que cada generación recoge del pasado, los poemas o los cantos que escucha, los libros que lee, las obras de arte que admira, los espectáculos que llaman su atención, los ritos que respeta; no basta con los autores que venera; todavía hay que desmontar los mecanismos de su sistema de educación, introducirse en sus diversos órganos de iniciación, la familia, la escuela, el foro, el cuartel, el equipo de trabajo, la asamblea comunal, la cofradía, el sindicato, medir la eficiencia de los medios de difusión masiva que fueron, por ejemplo, la predicación, el teatro, la arenga, la prensa o la literatura que se vendía de puerta en puerta; finalmente, analizaron el cuidado o el contenido que comunican esos diversos instrumentos pedagógicos… Resulta fácil darse cuenta de que la cultura nunca es recibida de manera uniforme por el conjunto de una sociedad, que ésta última se descompone en distintos medios culturales, a veces antagonistas y que la transmisión de la herencia cultural está gobernada por la disposición de las relaciones sociales”. (“Historia cultural”, en Jean-Pierre Rioux y Jean-Francois Sirinelli (directores), Para una historia cultural, México, Taurus, 1998, p. 451).

El conocimiento histórico debe ser sensible al campo de las representaciones y prácticas que identifican a las relaciones sociales. Le dan sentido a la historia, sobre todo, a partir de la expresión de los actores históricos, como entes y agentes que hacen la historia, valga la redundancia, porque los signos, símbolos, tradiciones, dominios y valores, plenamente culturales, condicionan la evolución de las estructuras, coyunturas y acontecimientos.

La historia de las mentalidades y de la vida cotidiana, la historia de la religiosidad o de la sexualidad, la historia intelectual, de la educación o de la literatura y el arte, que encontraron un auge historiográfico a finales del siglo XX, junto con el resurgimiento de la historia narrativa o la historia política y la biografía, tendencias dentro del campo de la historia de la cultura; han favorecido la preocupación creciente por el estudio, a partir de la totalidad y la identidad, del conjunto de prácticas y representaciones que, por medio de símbolos, valores y signos, se expresaron en el mundo complejo y diverso de las relaciones sociales del pasado, penetrando a un mundo amplio y dinámico, que se encuentra concentrado en la expresión de los hombres que hacen la historia. Ha pasado lo mismo con los dominios patrimoniales o las tradiciones arraigadas, que ahora se ligan con expresiones de espectáculos o de festivales que, en la mayoría de los casos, no provienen de una reflexión o análisis profundos de la historia de donde vienen, muchos confundidos con tradiciones orales o institucionales sin mucho sentido.

La cultura material, la cultura política, la cultura religiosa o educativa, la sociocultura, la cultura patrimonial o ambiental y las identidades colectivas, emergieron como campos estructurales que condicionan el curso de la historia social. Por ende, las esferas de las representaciones y prácticas se encuentran en la especificidad de la expresión histórica del pasado, por medio de los símbolos, valores, tradiciones y signos que los mismos hombres han expresado y manifestado en su acción histórica, permitiendo el conocimiento y la interpretación de procesos y fenómenos no visibles a simple vista, pero que influyen determinantemente en las características de las acciones de los hombres del pasado, así como en el cariz que adquieren los acontecimientos, las coyunturas y las estructuras en la expresión de la historia urbana, comunitaria, local, regional, nacional o mundial. La cultura parece estancarse en el nivel de lo microhistórico, sin vinculaciones o interrelaciones de otros niveles del entorno.

El problema central que desentraña la historia cultural es la función que cumple la identidad colectiva en todos los campos del acontecer humano del pasado. Este problema, sin duda, está revolucionando a la historiografía actual. Igualmente, está permitiendo que el conocimiento histórico amplíe su esfera multidisciplinaria en el conjunto de las ciencias sociales y las humanidades, creando nuevos enfoques y objetos para el conocimiento y la interpretación historiográficas. La diversidad de temas y objetos de estudio es una constante a partir de los nuevos postulados de la historia cultural, que están influyendo determinantemente en el cuerpo metodológico de la ciencia histórica en el siglo XXI.

El tránsito de la historia antropológica y la sociología histórica, a la historia cultural, por medio de lo que se denominó como historia social, abrió un abanico de posibilidades para el conocimiento de la identidad, como un factor que confluye en la acción histórica de los hombres del pasado y, por ende, en la configuración de prácticas y representaciones que penetran en el curso de los acontecimientos, las estructuras y las coyunturas, por medio de símbolos, tradiciones, valores y signos que el historiador debe encontrar, visualizar e interrelacionar para dar un sentido a la expresión histórica de la totalidad. Las vinculaciones son imprescindibles en la hechura de productos culturales en las publicaciones, museos y centros de investigación y divulgación cultural.

Los planteamientos de la histórica cultural conllevan, necesariamente, a la especificidad de la dinámica de la acción social, buscando explicaciones e interpretaciones novedosas y originales en torno a los múltiples comportamientos y prácticas de los hombres en sociedad, que definen y dan sentido al curso de la historia. El desentrañamiento de las identidades colectivas, por medio de las prácticas y las representaciones, se encuentra en el conjunto de estructuras históricas que los hombres establecen en sus relaciones sociales, y que condicionan a los procesos históricos que dan coherencia al curso y evolución de la historia de un periodo o un espacio determinados. La interacción con el entorno territorial o ambiental, también es una característica indiscutible, que debe confluir en las instituciones y espacios culturales con mayor énfasis.

Los símbolos, tradiciones, valores y signos configuran la expresión de los acontecimientos, y quedan plasmados en los amplios campos de la representación y las prácticas, que construyen, a su vez, a la identidad histórica y en la totalidad de los fenómenos y procesos hechos por el hombre en las relaciones sociales del pasado, pero que en mucho tienen que ver con nuestro presente.

El paradigma abre amplias aristas para el conocimiento profundo del acontecer pasado, considerando a la sociedad como un entre dinámico, complejo y caótico que sólo encuentra sentido a partir de la expresión de las identidades colectivas y la memoria histórica. La confluencia es susceptible de ser investigada y analizada por los historiadores, recreando el campo de representaciones y prácticas que dan sentido a la identidad, como un objeto principal de la historia cultural.

La acción sociohistórica se encuentra en el conjunto de estructuras y coyunturas, tanto en el tiempo corto como en el de larga duración. El comportamiento individual y social confluye con el campo de la acción que realizan los actores históricos, tanto colectivos como individuales.

Los símbolos, tradiciones, valores y signos, incluso hasta la fuente del dominio patrimonial o el ambiente, de los hombres concurren en las características que asume la identidad, como una estructura cuyos rasgos se manifiestan a partir de la acción, que es la confluencia donde el comportamiento de las prácticas y representaciones adquiere sentido en la historia. La identidad colectiva del pasado se constituye entonces por la acción, la totalidad y la identidad, principios metodológicos que conllevan, necesariamente, a los postulados de la historia cultural, que se encuentran en todos los ámbitos del quehacer humano en la historia. Ningún proceso histórico podría entenderse sin esa triada epistemológica, que coincide con la realidad del pasado de las relaciones sociales, objeto principal de la ciencia histórica.

La forma de ser, el comportamiento, las costumbres o tradiciones, el ambiente, el patrimonio, la vida cotidiana y la mentalidad conforman un campo de expresión cultural que proviene de la acción individual y social. Los rasgos de las representaciones y prácticas se comparten con la acción, influyendo determinantemente en los acontecimientos, procesos, estructuras y coyunturas que en el tiempo y el espacio se expresan por la misma complejidad de las relaciones sociales. Por esto, la identidad colectiva emerge como un centro de atención fundamental para el conocimiento de las vinculaciones e interrelaciones que los hombres instauran en sus relaciones sociales y que, por medio de la acción, hacen evolucionar a la historia.

La economía, la sociedad, la política, la cultura y el territorio y el entorno ambiental se comparten a partir de la identidad sociocultural, y el historiador tiene que ser sensible a esta complejidad para lograr interpretaciones novedosas que den cuenta de la historia del pasado, y permitan entender el presente, en un ir y venir donde el sujeto que investiga logra cierta identificación con los hombres del pasado, fundamental para la interpretación de la especificidad histórica. Es aquí también donde las interrelaciones multidisciplinarias de la ciencia de la historia tienen que instrumentarse, abriendo el abanico metodológico que da sentido a los postulados de la historia cultural.

Los pensamientos, comportamientos, conductas, prácticas cotidianas, sentires, valores y expresiones de la sociedad, religiosas o no, tienen una interrelación constante en el conjunto de esferas de las relaciones sociales. Quedan plasmadas en las fuentes, en las obras, el patrimonio, los acontecimientos, que el hombre deja como huellas de su acción. Las vinculaciones instituyen, sin duda, el campo de la identidad sociocultural, que se encuentra en el juego de estructuras que componen la historia. La historia regional o la urbana tienen mucho que decir al respecto en la historiografía contemporánea.

Sólo por medio de esos elementos, el historiador puede recrear un conjunto de objetos, novedosos y originales, que dan cuenta de las prácticas y representaciones de los hombres del pasado, en épocas y espacios disímiles entre sí, pero que son parte de una historia cultural cuyo estatus paradigmático permite ampliar el objeto de la historia. Los niveles micro aportan importantes informaciones al respecto.

En este sentido, se podrá avanzar más en el entendimiento de la identidad, la “forma de ser”, que se manifiesta en las sociedades, tanto en el espacio micro como en el macro, conectada al espacio desde el cual se conecta esa manifestación, concretamente, en las principales estructuras del acontecimiento del pasado.

La historia total sólo puede construirse a partir del eje problemático que establece la acción, la identidad y la totalidad que, a su vez, se encuentran confluyendo en las prácticas y representaciones de la sociedad, y que conforman los principios fundamentales de la historia cultural, como un novedoso paradigma al que debe centrarse el quehacer de la historiografía contemporánea, cuyo punto central es encontrar la historicidad de la identidad colectiva en los distintos niveles, complejos, sin duda, de las relaciones sociales. Los símbolos, valores y signos son elementos que dan sentido a la identidad, que la mimetizan en la acción social y, obviamente, en el curso de la expresión de las prácticas y representaciones que conforman al campo de la historicidad.

El objeto de la historia cultural, entonces, pertenece a la diversidad, complejidad y amplitud de las relaciones sociales del pasado, cuya expresión es la identidad colectiva que se va conformando hasta el presente. Pasado y presente se complementan a partir de las miradas, observaciones y análisis del historiador, que en realidad entra en relación con los actores del pasado, quienes lograron dejar huella de la expresión de prácticas y representaciones que conformaron los signos, símbolos, valores, tradiciones de la identidad colectiva y, por ende, que quedaron plasmados dentro de la historicidad.

La acción histórica en mucho depende de los rasgos de la identidad, por lo que se construye un campo de historicidad que sólo puede explicarse y entenderse a partir de los elementos constituyentes de la historia cultural. A partir de esto, la historia total no pierde sentido y, mucho menos, el estatus de la historia social, como historia síntesis, como historia problema, como historia global.

La renovación historiográfica actual en mucho debe a la emergencia de los postulados de la historia cultural. Ello ha ampliado el campo diverso de los objetos de estudio de la ciencia histórica a nivel mundial, sobre todo en Europa y Estados Unidos, últimamente en América Latina. La preocupación central es conjuntar el mundo fragmentario de la historiografía y reagruparlo. A partir, precisamente, de los principios paradigmáticos de la acción, la identidad y la totalidad de las representaciones y prácticas sociales, que construyen y expresan a la historia, con novedosas y originales fuentes, pero también, con andamiajes metodológicos más amplios, que sirven para la aportación de nuevos enfoques historiográficos y, por supuesto, nuevos conocimientos e interpretaciones que centran su atención en la especificidad de la totalidad histórica. Está explicada en función de lo no visible a simple vista, pero que juega un papel primordial en la historicidad de la identidad colectiva, sin desligarse de las relaciones sociales expresadas en el tiempo y el espacio. La llamada “nueva historia” centra sus historias en torno a estos postulados.

La frontera entre historia social e historia cultural se encuentra en la incorporación, en esta última, del mundo de la representación en las prácticas sociales, mediante la incorporación de los símbolos, los signos y los valores, las tradiciones y el dominio patrimonial, incluso, como partes constituyentes de la identidad que se mimetiza en el campo de las relaciones sociales, prácticamente, en todas las estructuras de la historicidad. Entender la “forma de ser” de los hombres del pasado es un objetivo de estas premisas, sólo posible mediante la relación que establece el sujeto que investiga con la construcción de su objeto, es decir, la relación del historiador con la interpretación y análisis de sus fuentes favorecerá avanzar en tan delicados objetivos. El camino es arduo, pero provechoso sobre todo en los amplios campos que explotan la historia local y regional, la historia urbana y la microhistoria.

El mundo social debe explicarse a partir de los rasgos que asume la identidad, en determinados niveles y estructuras de la temporalidad y el espacio. Esto implica que la categoría de totalidad debe permanecer como parte de la constante epistemológica del historiador, entendiendo, a través de sus investigaciones, la diversidad y la complejidad, pero logrando entonces la especificidad de la totalidad concreta de las relaciones sociales en el tiempo y el espacio, independientemente del proceso o fenómeno que se investiga, pues los símbolos, valores y signos se encuentran en todo el espectro de la acción social, mediante las vinculaciones e interrelaciones que el historiador tiene que encontrar, para interpretar cuestiones novedosas, o relacionadas con su presente, para el conocimiento del pasado desde otra observación y comprensión.

La historia cultural es un paradigma que permite traspasar el nivel de las propuestas de la historia de las mentalidades y la vida cotidiana, de la historia narrativa y de la historia intelectual, que centraban su atención en ciertas y particulares expresiones del campo de la identidad sociohistórica. Igualmente, el paradigma amplía el espectro de objetos de estudio de la ciencia histórica, permitiendo retornar a ciertos campos, como la biografía, la historia política, la historia de los movimientos sociales, la historia del mundo material, dentro del espectro super estructural del mundo de las representaciones y las prácticas, como parte constituyente de la identidad y la acción históricas que dan sentido al conocimiento del pasado, y que, se identifican, indiscutiblemente, con la identidad del presente histórico.

En cuanto a la historia de la cultura, ésta se incorpora como una estructura más de la historia cultural, que es más total y super estructural. Las costumbres, el folklore, la literatura, el arte y la estética pertenecen al campo de expresión de una cultura que es fiel reflejo del campo de las relaciones sociales que está mediado por la identidad colectiva, y que se expresa a partir de la historicidad del tiempo y el espacio. Los fenómenos culturales son parte de la socioidentidad, que establece una superestructura donde las prácticas y las representaciones abarca a una totalidad que define y da sentido a la historicidad. La historia de la cultura no está reñida con la historia cultural.

 

 

 

 

enero 05, 2022

Crisis historiográfica en México

 

La historiografía mexicana, luego del boom de la historia regional entre los decenios de los ochenta y los noventa del siglo XX, después de la época gloriosa de la fragmentación temática entre la historia social y económica, pero también cultural, de los noventa; ha venido experimentando una gran crisis en el mundo de la academia.

La historiografía académica decantó en cerros y cerros de libros y revistas producidos en las universidades y centros de estudios, pero también en ciertas editoriales, con sesudos hallazgos de investigación y análisis e interpretaciones. Páginas y páginas publicadas sobre temas y temas, problemas de investigación dicen. Bodegas y librerías llenas de ejemplares editados, que no causan mayor interés más que a los especialistas y que no se venden. Historiadores orgullosos, muchos de ellos tesistas de licenciatura o maestrías y doctorados, investigadores adscritos que publican sus libros y artículos para hacer puntos en los estímulos y en el Sistema Nacional de Investigadores. La historiografía mexicana se incrementó considerablemente en los últimos 25 años. Un auge sin precedentes. Pero, por desgracia, toda esa producción no vende, no se lee. Sólo los especialistas se leen entre ellos, una minoría.

Las aportaciones historiográficas decantaron en un amontonadero de datos, fechas, personajes, acontecimientos, fuentes, localidades, espacios, periodos y, lo peor, en conceptos y conceptos, descripciones de las descripciones. Imposible continuar con una línea de lecturas o de análisis historiográficos ante un cúmulo alucinante de conocimientos históricos, ya sea sobre el periodo prehispánico, o acerca de los trescientos años de la Colonia, el siglo XIX, la revolución mexicana o la posrevolución y el periodo contemporáneo. Ya ni se diga acerca de efemérides de las efemérides. La historia local y regional y nacional o también diplomática se vieron estimuladas por la gran productividad de los historiadores académicos.

No hay estado de la república que no cuente con aportaciones historiográficas provenientes del mundo académico. La fragmentación de temas es multiheterogénea y muy diversa y plural. Las ramas de la historia económica, social, política, cultural y territorial se han visto beneficiadas por la investigación constante, adicionada por la celebración de congresos, conferencias, reuniones, intercambios indispensables para divulgar el conocimiento y las interpretaciones emprendidas. Toda esta producción, sin embargo, está guardada en bodegas, bibliotecas y librerías.

Las celebraciones sobre los doscientos años de la independencia nacional y los cien años de la Revolución mexicana, antes, durante y después del año 2010, estimularon una producción abundante en los estados de la república, muchas veces concentrada en el rescate de fuentes y testimonios y muy poco en producción novedosa o de impacto en el público. Abundaron obras colectivas coordinadas por historiadores destacados, que quisieron englobar o brindar muestras de las historias de esos periodos en los estados de la república. Los académicos le tuvieron que entrar a la divulgación en Internet, Televisión y Radio, porque en sus espacios brilló por su ausencia el gran público y, aún así, mucha de esa producción de difusión mostró lo aburridos que somos los historiadores al exponer nuestros productos historiográficos, la mayoría brindamos datos, fechas, nombres, personajes, conceptos, periodos y curiosidades descriptivas, porque las exposiciones las centramos en guiones que leemos y no platicamos. Ya no se diga en las reuniones académicas, con nula o escasa asistencia del público.

La producción historiográfica académica no causa mayor interés en el gran público, es aburrida, sosa, pesada, descriptiva al más no poder, con enredos conceptuales algunas veces. No se cuenta bonito, no se expone entretenido, el discurso es hasta antipático y cretino o leidito, con infinidad de fuentes y citas pesadas de leer, donde se parafrasea a testimonios o a otros historiadores, con citas textuales inmensas o recuento de papeles. La narrativa accesible no se les da a los historiadores académicos por nada. Montones de libros en la bodega, que no se venden, revistas gordísimas atiborradas de letras con muchas páginas. Las exposiciones orales, por regla general, son leídas o basándose en una pantalla con información que se lee desde un pódium o estrado o una mesa. Leen currículum con toda la trayectoria de los conferencistas, que aburre al público, que no viene al caso.

Los historiadores académicos aburren, se leen y exponen entre ellos mismos. Hablan de hallazgos y elucubraciones, se creen espías del pasado que informan a los lectores o al público, algunas veces hasta enjuician. No son divertidos, mucho menos narrativos. Se encuentran atrapados en el dato, en la fuente, en la cita rimbombante, en citar a otros, en ahogarse en servilismo con otros historiadores. Escriben y exponen para historiadores, no para los estudiantes, mucho menos para la gente interesada en la historia. Persisten y persisten en libros abultados, apretados de redacciones, atiborrados de citas textuales y notas al pie de página, con extensas bibliografías. Su léxico es aburrido, anquilosado, incluso si van a difundir su obra en Radio, Televisión o en medios digitales. Pocos, una minoría contada con los dedos de las manos, salen de esas características.

Lo anterior ha ocasionado que la historiografía mexicana sufra una grave crisis de identidad y de fortaleza e impacto en la sociedad. Por eso la historiografía mexicana ha sido invadida y rebasada por los divulgadores históricos, que no son historiadores profesionales, que provienen de otras disciplinas y que tienen el impacto que tienen en las publicaciones y la difusión mediante medios electrónicos de todo tipo.

La divulgación histórica ha rebasado con creces las aportaciones de los historiadores académicos, prácticamente desde finales del decenio de los ochentas del siglo XX. La producción divulgadora ha estado presente en las historias vinculadas con la independencia, la reforma, la revolución y el periodo contemporáneo. La utilización de la iconografía, la fotografía, el cine, las imágenes, los testimonios fílmicos, la historia oral, los testimonios y las fuentes primarias, adicionadas a un discurso accesible y narrativo, han dado por consecuencia un boom en la producción, enlazado a los medios electrónicos y digitales, pero también en la realización de documentales y programas de televisión, programas de radio, revistas de gran circulación con textos e imágenes, museos y repositorios de la historia. Llegar al gran público ha sido la clave principal del éxito de la divulgación histórica en México.

Grandes historiadores profesionales lo han advertido desde finales de la década de los noventas en México. La historia académica tendría que abrirse, oxigenarse, reinventarse, para sobrevivir en el siglo XXI y brindar una oferta intelectual que permita el conocimiento de la historia a los estudiantes en formación primaria, secundaria y preparatoria, lo que estimularía la rama de la enseñanza de la historia inclusiva para los maestros, pero también a ese gran público interesado en el pasado nacional, sus acontecimientos, sus personajes, sus hechos.

Los historiadores académicos acusan a los divulgadores históricos de no utilizar las fuentes y los métodos de la historiografía, sin ofrecer el punto medio en torno a la narrativa y las maneras de difundir y enseñar el conocimiento histórico. En contra posición, los divulgadores históricos acusan a los académicos de ser aburridos y concentrados en el dato o la fuente, los acusan prácticamente de positivistas antiguos, cuyas producciones no son del interés de las personas adictas a la historia o de los estudiantes de todos los niveles. Aquellos dicen que estos son unos falsificadores y que utilizan a la historia a su modo, pero sin proponer el sendero adecuado que favorezca que la gente se interese por las producciones académicas.

El debate y la polémica entre historiadores profesionales académicos y divulgadores históricos no ha llegado a ninguna meta concreta. Lo que sí puedo decir como historiador profesional es que debemos llegar a un punto medio. Los historiadores debemos formarnos en la divulgación, cómo hacerla, cómo producirla, cómo estimularla. Es la única manera en que la historiografía mexicana pudiera verse beneficiada en estos tiempos. Las producciones deben estimular la enseñanza de la historia e interesar a los consumidores.

enero 02, 2022

Del Colegio de la Purísima Concepción de Celaya a la Real Universidad Pontificia de Celaya, 1617-1795. Religión y Humanismo

 

En el mes de octubre de 1617, Pedro Núñez de la Roja estableció en su testamento que sus bienes al morir fueran para el Convento de San Francisco de la Villa de Celaya. Fray Juan López presenció el acto en su calidad de funcionario de la Provincia de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo de Michoacán. La precisión del testamento fue que esos bienes se destinaran a la constitución de un Colegio, luego de que se tramitara la licencia específica. Bernardo Márquez, escribano Real Público y de Cabildo escribió el testamento. Se designó como albacea a Gaspar de Almanza. El Colegio recibiría todos los bienes. El documento, además, dejó establecido que el Rector perpetuo del Colegio sería Fray Juan López. El señor Pedro Núñez falleció el 6 de noviembre de ese año.

El nombrado como Rector por el donante dispuso de inmediato la autorización a Roma para confirmar la fundación del Colegio. Gobernaba el Vaticano el papa Urbano VIII, quien dio la autorización en 1624, cuando Juan López ya no era funcionario de la orden que mandaba la Provincia de los Santos Apóstoles, ya que fue reemplazado por Fray Francisco Villalba. La autorización fue significativa:

 

… revolviendo en lo íntimo de nuestro entendimiento cuanto con los literarios estudios la fe se aumenta; el culto divino se extiende; la verdad se conoce; la justicia se honra y aquellas cosas por las cuales los estudios de las letras se levantan, ponemos de buena gana el cuidado de nuestro pastoral oficio conforme vemos en el Señor, que pensadas las calidades de las cosas y de los tiempos, más saludablemente conviene… Urbano Papa Octavo, en Santa María la Mayor, debajo del anillo del Pescador, a quince días del mes de octubre de mil seiscientos veinticuatro, de nuestro Pontificado año segundo, lugar cuarto del anillo del Pescador, Ovestrio Barbiano, simbólicamente instituyó y fundó el Colegio de la Purísima Concepción del Pueblo de Zelaya…[1]

 

Luego de la autorización del Papa, el documento se remitió al Rey de España que, a su vez, lo envió al Real Consejo de Indias. Dos años más de trámites para obtener la certificación que debía enviarse al Virrey de Nueva España, Marqués de Cerralbo. El Colegio empezaría a operar hasta 1627. Varios lectores del Convento de San Francisco se pusieron a trabajar con pocos chicos, vecinos españoles de la Villa, para enseñarles gramática, artes y teología. Juan López se hizo cargo de la organización y puesta en marcha.

El 28 de noviembre de 1627 falleció el albacea de la herencia que permitió establecer al Colegio. Gaspar de Almanza dejó todo bien ordenado para que al Colegio no le faltara nada, además de todo, legó sus bienes al mismo, como lo hizo el señor Núñez. Los bienes del Colegio fueron aumentando mediante los legados de más personas, como fue el caso del escribano Blasco Sánchez Vadillo o la viuda de Núñez, Ana Ortiz. Los recursos permitieron contar en algunos años con un Rector, cinco lectores y 90 estudiantes, así como para el mejoramiento de las instalaciones anexas al convento.

En 1668, el Virrey D. Sebastián de Toledo y Molina Salazar, Marqués de Mancera, concedió el título de ciudad a la entonces Villa de Celaya. Ya en esa fecha, el Colegio de la Purísima Concepción se había consolidado. La carrera sacerdotal fue semillero de personas que se fueron a otras sitios a continuar con sus estudios, o los menos se quedaron en la ciudad para ejercer su vocación. El Colegio se convirtió en un centro educativo en forma. Muchos egresados se fueron a la ciudad de México a estudiar en la Real y Pontificia Universidad, igual algunos fueron a estudiar otro tipo de carreras fuera del ámbito religioso o, incluso, oficios de la época. Según la documentación existente, cada año se registraban entre 250 y 280 estudiantes en el Colegio. Las instalaciones se encontraban entre el Convento de San Francisco y en la parte trasera del templo. 12 lectores se hacían cargo de la enseñanza para el decenio de 1670. El Colegio contaba también con otra propiedad, como lo era la hacienda de Santa María, no muy lejana de la ciudad, donde se cultivaba trigo. El convento hubo de acondicionarse para recibir estudiantes que se alojaban allí. Para inicios del siglo XVIII, el Colegio gozaba de cierta prosperidad. En 1683 se inició la construcción de mejores instalaciones junto al Convento, ya que dos aulas grandes no fueron suficientes, una dedicada a la Cátedra de Teología y otra para Filosofía, que eran las más espaciosas para tanto alumno, aunque se sabe que había otras aulas pequeñas acondicionadas que servían para otras materias con menos alumnos. El mismo Convento se amplió y mejoró con el paso de los años.[2] Un estudioso del Colegio escribió:

 

Constaba el Colegio de tres distintos departamentos, cada uno con sus propias oficinas, refectorios y cocinas: uno para los religiosos estudiantes, otro para los seglares internos con su dormitorio y el claustro para los padres lectores. Había dos generales de Filosofía, una de Teología, el lugar para la clase de Gramática, otra para la escuela, dos amplios patios, la huerta, la enfermería y su correspondiente capilla dedicada a S. Antonio, otra capilla en honor de Ntra. Señora del Pilar. El número total de celdas habitación ascendía a cincuenta y ocho y a cien el número de estudiantes que podía albergar. Los lienzos e imágenes de talla que excitaban la devoción y conservaban el recogimiento eran numerosos, solamente en los claustros del piso interior se pudieron admirar en este tiempo cuarenta lienzos de notables pintores, en el superior cuarenta y ocho, setenta pequeños de medio punto de santos de la Orden sobre las puertas de las celdas y oficinas, además de otros muchos que cubrían celdas y corredores. Los muebles de la mayoría de las celdas se reducían a un lienzo, una mesa pelada, dos sillas forradas con vaqueta encarnada, una cama de bancos y tablas. La biblioteca en un tiempo se vio enriquecida con cinco mil seiscientos volúmenes.[3]

 

A inicios del siglo XVIII, el Colegio era una joya de la educación humanística y religiosa en el Bajío, con prestigio solamente comparado con otros colegios existentes en Puebla o Querétaro. Los gastos, sin embargo, orillaron a los órganos de gobierno de la Provincia de San Pedro y San Pablo, a descentralizar enviando a estudiantes a cursos a Querétaro o a Valladolid. El Colegio funcionaba como convento, por lo que su crecimiento fue paulatino y ascendente. Un padre escribió que “Como los religiosos de esta comunidad se consideran bajo el aspecto doble: Convento y Colegio tienen sus bienes asimismo diversa procedencia. En razón de Convento están relacionados al ministerio sacerdotal, y en razón de Colegio son sus rentas dotales. Consisten los primeros en los emolumentos del Curato de San Juan de la Vega, que sirve la Provincia, y algunos réditos anuales por memorias de misas, sin otras relaciones ni objetos que la compensación de los servicios personales. Y son rentas dotales o fondos de Colegio los mismos treinta y cinco mil pesos de capitales, impuestos en las haciendas de Sta. María, Sta. Cruz, la Concepción y Jalpa, con más de tres mil veinte y cinco pesos en las de Cantera y Carrera”.[4] Las haciendas fueron fundamentales para el abasto alimenticio del Convento, donde residían estudiantes y lectores y clérigos.

Desde 1722, el Rector ordenó los festejos de dos años después por el primer siglo del Colegio. Las instalaciones del Convento del Colegio se habían mejorado y ampliado, por lo que la conmemoración fue autorizada por la Provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán. La expansión física y la importación de la docencia fueron importantes para seguir invirtiendo y conmemorar. Una Comisión se hizo cargo, compuesta por el Rector, varios lectores y algunos estudiantes. Las instalaciones se engalanaron. Un funcionario provincial dijo que era hora de que el Colegio creciera más, principalmente en la formación religiosa, pero también en la ciencia, por lo que se dio la idea de que el Colegio se transformara en Universidad Pontificia. Los festejos del primer centenario fueron relucientes:

 

En estas condiciones llegó la fecha señalada para dicha celebración, durante la cual se conmemoró el glorioso suceso con grandes y solemnísimas funciones religiosas, la inauguración de las obras materiales que se habían ejecutado y algunos otros actos a los que concurrieron los más altos dignatarios de la Provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán, muchos de los cuales habían estudiado en el Colegio; los prelados de las diversas Ordenes Religiosas, el Cabildo, Justicia y Regimiento de la Ciudad, la nobleza y los más connotados vecinos de Celaya.[5]

 

Como idea surgida de esa conmemoración, varias personas se encargaron de iniciar los trámites ante las autoridades virreinales de la ciudad de México, para convertir al Colegio en Universidad. La licencia del Virrey Marqués de Casa-Fuerte se dio el 17 de diciembre de 1725. Se autorizaron los estudios de Gramática, Retórica, Filosofía y Sagrada Teología. El título de Real y Pontificia Universidad fue otorgado gracias a las gestiones que Fray Fernando Alonso González, Prior del Convento de San Francisco y Rector del Colegio emprendió ante las instancias respectivas del virreinato de la Nueva España. El título implicó pertenecer a la Real y Pontificia Universidad de la ciudad de México, con gran prestigio en Nueva España. Se aumentaron los recursos para brindar becas de manutención, alojamiento y el crecimiento de la biblioteca. Se dijo que el acervo de la Biblioteca consistía para entonces en más de 5 mil ejemplares, que fue incrementándose con el tiempo.[6] Se estableció que cada año se graduaran estudiantes en la Universidad de la ciudad de México. Realmente, la preparación académica y sacerdotal en la ahora Universidad de Celaya era de gran calidad, con el egreso de muchos estudiantes. La enseñanza siguió siendo dirigida a españoles, aunque luego hubo una apertura para la admisión de estudiantes indígenas residentes en Celaya y alrededores, previo examen y comprobación de sus habilidades para el sacerdocio u otras disciplinas. Todos los estudiantes debían de pagar 3 reales para acceder a la educación que se brindaba, y otros 4 reales para acreditarse, entre otros gastos que debían cubrir y que el Colegio no realizaba.[7]

Hacia 1727, la Universidad Pontifica de Celaya quedó terminada arquitectónicamente. Su vocación quedó bien establecida:

 

... Toda la [obra] de el Colegio, ha encaminádose para dirigir a los hombres al verdadero camino de la Salvación, [...] para enseñar las siensias; para todo lo qual hemos construído aulas, y trahído libros de todas facultades, los más selectos y costosos; [...] para que aia Ministros del Santo Evangelio de la palabra divina, y de la administración de los Santos Sacramentos, que con la pureza de Santa Vida, y Doctrina, redusgan a los que herraren por el torcido camino de los visios, al gremio, y sequela delas virtudes...[8]

 

Las labores de la Universidad se ampliaron a brindar educación de primeras letras a niños españoles que residían en Celaya, con becas especiales. Hubo seis niños en la primera generación. Los profesores fueron instruidos para incorporar a estos estudiantes en las labores adicionales, como el trabajo en la huerta, en la biblioteca y en el aseo. Estos niños se integraron a los jóvenes que estudiaban allí. La disciplina y el cumplimiento de las indicaciones fue la norma a través del reglamento específico con que se contaba, que se habían dado a conocer en 1729, y que reformaron los anteriores estatutos. La reglamentación también abarcó a los lectores y residentes del Convento. Los programas de las clases fueron regulados de acuerdo con los temas y la bibliografía, con la argumentación sólida en la formación teológica principalmente. Veinte años después, se estatuyó la secularización de los centros educativos por lo que se debieron entregar al clero secular con tiempo. Este proceso no llegaría a Celaya sino hasta 1767, cuando se determinaron las extensiones territoriales, el patrimonio y las instalaciones. El primer párroco secular en Celaya fue Vicente de Zamarripa, quien llevó a cabo una evaluación de todo lo que pertenecía a la Universidad, junto con autoridades de El Cabildo y de la Audiencia de México.[9] La secularización ocasionó problemas en la administración de la Universidad y por supuesto en el tema del Convento y la Parroquia, que se prolongaron hasta 1785.[10]

El proceso de secularización se dio a partir del reinado de Carlos III. Los borbones hicieron una política que menguó el poder de las órdenes religiosas en la educación. La secularización implicó, desde luego, la racionalización y el conocimiento científico. Tanto las universidades como los centros de estudio tuvieron que ajustarse y readecuarse paulatinamente a los nuevos criterios del despotismo ilustrado. A finales del siglo XVIII se dieron reformas importantes en materia educativa y universitaria, también en la sanidad. Las expediciones científicas en los últimos treinta años de ese siglo incidieron sobre manera en la educación religiosa novohispana. Los colegios y universidades se reformaron en reglamentos y planes de estudio, donde la educación práctica y racional se impuso, enfocada al desarrollo de las ciencias, la tecnología y el humanismo.

La labor de la Universidad Pontificia de Celaya se extinguió a inicios del siglo XIX. Hubo pretensiones para establecer un Colegio Civil, donde Francisco Eduardo Tresguerras fue llamado para modificar la arquitectura del Convento y del espacio escolar, pero no se logró por el proceso de la independencia, ya que en Celaya hubo efectos adversos por la importancia que cobró la insurgencia y el combate de los realistas que fue intenso. Ya para 1827, la actividad educativa franciscana había decaído grandemente. La muerte definitiva de el Convento, el Colegio y la Universidad se vino abajo totalmente con las leyes de Reforma de 1859. El esplendor terminó para entonces.

 

 

 

 

 

 



[1] La documentación del Colegio de la Purísima Concepción de Celaya se encuentra en un expediente de la Biblioteca Nacional de México, UNAM, Archivo Inédito Franciscano, Caja Número 47, Fondo Reservado. El expediente fue consultado por Rafael Zamarroni Arroyo, Celaya, tres siglos de su historia, México, Editora Mexicana de Periódicos, Libros y Revistas, 1987, p. 234 y s.s., y lo estudió a profundidad, además de que hizo la historia del Colegio con amplios datos contenidos en esos documentos. La información de este autor también es abordada por Rafael García Pérez, Colegio de la Purísima Concepción de Celaya: Origen y Evolución
1617–1767, Guanajuato, Gto., Tesis de Licenciatura en Historia, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, 2006, aunque agregó el trabajo documental del Archivo Franciscano que se encuentra en Celaya.

[2] Florencio López Ojeda, “La Universidad Real y Pontificia de Celaya”, en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.): 16 de septiembre de 2007, publicado en El viento armado, la nueva historia de Celaya y la región, contada por autores de este tiempo, Celaya, Gto., El Sol del Bajío, 2007.

[3] Vicente Rodríguez, “Paz y orden”, órgano oficial de la V.O.T de penitencia de la Provincia franciscana de Michoacán,  Celaya, Gto., Año 1, núm. 2, 15 de Julio de 1944.

[4] César Munguía, Álbum de la coronación de Nuestra Señora Purísima de Celaya, Celaya, s.p.i., 1984.

[5] Ver Florencio López Ojeda, art. cit., p. 12.

[6] Rafael Soldara Luna, “Las librerías conventuales de Celaya”, en El Sol del Bajío, (Celaya, Gto.): 30 de septiembre del 2007.

[7] Rafael García Pérez, op. cit., p. 106 y s.s.

[8] Así lo cita Rafael García Pérez, op. cit., p. 113, de un documento proveniente del Archivo de la Provincia Franciscana de Michoacán.

[9] Ibidem, p. 130 y s.s.

[10] Ibidem, p. 134 y s.s.